Capítulo 2 – La primera Petición

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Capítulo 2 – La primera petición

«…santificado sea tu nombre…» Mateo 6:9

«…santificado sea tu nombre…» es la primera de las peticiones de la oración patrón de Cristo. Son siete en número y están significativamente divididas en dos grupos de tres y cuatro, respectivamente: los tres primeros se refieren a la causa de Dios; las cuatro últimas se refieren a nuestro quehacer cotidiano. Una división similar se aprecia en los Diez Mandamientos: los cinco primeros nos enseñan nuestro deber para con Dios (en el quinto, los padres se paran frente a los niños en el lugar de Dios); los últimos cinco nos enseñan nuestro deber hacia el prójimo. Nuestra responsabilidad o deber principal en la oración es no considerarnos primero a nosotros mismos, sino darle a Dios la preeminencia en nuestros pensamientos, deseos y súplicas. Necesariamente esta petición viene en primer lugar, porque la gloria del gran nombre de Dioses es el fin último de todas las cosas. Todas las demás solicitudes deben estar subordinadas a ésta, y estar en procura de lo mismo. No podemos orar correctamente a menos que la gloria de Dios sea dominante en nuestros deseos. Debemos compartir un profundo sentido de la inefable santidad de Dios y un deseo ardiente de honrarlo. Por lo tanto, no debemos pedir a Dios que nos conceda algo que estaría en contradicción con su santidad.
«…santificado sea tu nombre…” ¡Cuán fácil es pronunciar estas palabras sin considerar su solemne significado! Al tratar de reflexionar sobre ellas, cuatro preguntas surgen naturalmente en nuestras mentes. En primer lugar, ¿qué se entiende por la palabra santificado? En segundo lugar, ¿qué se quiere decir por “nombre” de Dios? En tercer lugar, ¿qué se quiere transmitir con «santificado sea tu nombre?» Cuarto, ¿por qué esta petición viene primero?
En primer lugar, la palabra “santificado” es un término en inglés medio utilizado aquí para traducir una forma del verbo griego hagiazo. Este término se suele traducir como «santificado.» Esto significa que se aparta para un uso sagrado.» Así pues, las palabras «…santificado sea tu nombre…» significa que el pío deseo de que el nombre inigualable de Dios pueda ser reverenciado, adorado y glorificado, que Dios pueda hacer que se mantenga en el máximo respeto y honor, y que su fama pueda extenderse traspasando fronteras y ser magnificada.
En segundo lugar, el nombre de Dios significa Dios Mismo, trayendo a la mente del creyente todo lo que Él es. Esto lo vemos en el Salmo 5:11: « En ti se regocijen los que aman tu nombre…» (es decir, a Ti mismo). En Salmos 20:1 leemos, «El nombre del Dios de Jacob te defienda…», es decir, el Dios de Jacob te defienda Él mismo. «Torre fuerte es el nombre del Señor» (Prov. 18:10), es decir, Jehová mismo es una Torre Fuerte. El nombre de Dios representa las perfecciones divinas. Es sorprendente observar que cuando el «proclamó el nombre del Señor» a Moisés, Dios enumeró sus propios atributos benditos (véase Ex. 34:5).  Este es el verdadero significado de la afirmación de que «los que conocen tu nombre [es decir, tus maravillosas perfecciones] pondrán su confianza en tí» (Sal. 9:10).  Pero, en particular, el nombre Divino pone ante todos nosotros todo lo que Dios nos ha revelado sobre Sí mismo. Es en estas denominaciones y títulos como el Todopoderoso, el Señor de los ejércitos, Jehová, el Dios de paz, y Padre nuestro que Él se ha revelado a nosotros.
En tercer lugar, ¿qué pensamientos el Señor Jesús intentaba que nosotros entretuviéramos en nuestros corazones cuando nos enseñó a orar, «santificado sea tu nombre»?  Primero, en el sentido más amplio, hemos de suplicar por ello que Dios, «Por su providencia soberana, dirija y disponga todas las cosas para su propia gloria» (Catecismo Mayor de Westminster).  Por esto, oramos para que Dios Mismo santifique Su nombre y que Él haga que, por su providencia y gracia, sea conocido y adorado a través de la predicación de Su Ley y Evangelio. Además, pedimos que su nombre sea santificado y magnificado en y por nosotros. No que nosotros podamos añadir algo a la santidad esencial de Dios, pero si podemos y debemos promover la gloria manifestativa de Su santidad. Es por ello que se nos exhorta así: «Dad á Jehová la gloria debida a su nombre» (Sal. 96:8).  No tenemos el poder dentro de nosotros mismos para santificar el nombre de nuestro Dios. Sin embargo, Cristo nos instruye, usando un imperativo, verbos pasivos en nuestra boca, para dirigirnos a nuestro padre, diciendo: «Que tu nombre sea santificado.» En esta petición obligatoria, se nos enseña a mandar a nuestro Padre lo que debe hacer, según el tenor de las palabras que él habló por medio de Isaías: « Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos » (Isa. 45:11). Es debido a que el nombre de Dios debe ser santificado en medio de sus criaturas que nuestro Maestro nos encarga orar. «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14).  Puesto que nuestro Dios ha declarado tan claramente su mente, cada verdadero creyente debe desear el santificar el nombre de Dios entre los hombres y debe con determinación dar a conocer la gloria revelada de Dios en la tierra. Debemos hacer ésto especialmente por medio de la oración, ya que el poder de alcanzar este gran objetivo reside sólo en Dios mismo. Por la oración recibimos el poder del Espíritu Santo para santificar y glorificar a Dios en nuestros propios pensamientos, palabras y hechos.
Por medio de orar, «…santificado sea tu nombre…», rogamos que Dios, que es el más santo y glorioso, tal vez nos permita reconocerle y honrarle como tal. Como ha expresado enérgicamente Manton,
En esta petición la gloria de Dios es a la vez deseada y prometida de nuestra parte, porque  cada oración es una expresión de un deseo y también un voto implícito u obligación solemne que tomamos sobre nosotros mismos para comprometemos a juzgar lo que pedimos. La oración es una predicación a nosotros mismos en el oír a Dios: hablamos con Dios advirtiéndonos a nosotros mismos- No para su información, sino para nuestra edificación.
Lamentablemente, la necesaria implicación de esta oración no es más insistida en el púlpito hoy, y percibida con más claridad en las sillas. Sino que nos burlamos de Dios si le presentamos palabras piadosas y no tenemos la intención de luchar con todas nuestras fuerzas para vivir en armonía con ellas.
Para nosotros santificar su nombre significa que le damos a Dios el lugar supremo, que lo ponemos por encima de todo lo demás en nuestros pensamientos, afectos, y vidas. Este alto propósito de vida es la antítesis del ejemplo de los constructores de la torre de Babel, que dijeron: «hagámonos un nombre” (Gen. 11:4), y de Nabucodonosor, quien dijo: « ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Dan. 4:30).  El apóstol Pedro nos manda a «…santificar al Señor Dios en nuestros corazones…» (1 Ped. 3:15).  Un asombro de Su majestad y santidad debería así llenar nuestros corazones de tal manera que todo nuestro ser interior se postre en completa y voluntaria sujeción a él. Por eso, debemos orar, luchar por obtener las perspectivas correctas y un conocimiento más profundo de él, para que podamos adorarle y servirle correcta y aceptablemente.
Esta petición no sólo expresa el deseo de que Dios se santifique a Sí mismo en y a través de nosotros, permitiéndonos darle gloria, sino que también haga audible nuestro anhelo de que otros puedan conocerlo, adorarlo y glorificarle.
En el uso de esta petición, oramos para que la gloria de Dios se manifieste y avance más y más en el mundo en el curso de Su providencia, que Su Palabra corra y sea glorificada en la conversión y santificación de los pecadores, que pueda haber un aumento de la santidad de todo su pueblo, y que toda profanación del nombre de Dios entre los hombres pueda ser prevenida y erradicada (John Gill).
Por lo tanto, esta petición incluye el pedirle a Dios que conceda todo derrame necesario del Espíritu, para que levante pastores fieles, para que mueva a sus iglesias a mantener una disciplina Escritural, y despertar en los santos un ejercicio de sus gracias.
En cuarto lugar, ahora es obvio el por qué esta es la primera petición de la Oración del Padre nuestro, ya que es la única base legítima para todas nuestras otras solicitudes. La gloria de Dios ha de ser nuestra principal y gran preocupación. Cuando ofrecemos esta petición a nuestro Padre celestial, estamos diciendo, «Lo que sea que venga a mí, a pesar de que pueda hundirme bajo, no importa cuán profundas sean las aguas a través de las cuales se me puede estar llamado a pasar, Señor, magnifícate a Ti mismo en y a través de mí.» Nótese cuan felizmente este espíritu fue ejemplificado por nuestro perfecto Salvador: «Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Más para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre.» (Juan 12:27, 28).  Aunque era necesario que Él fuera bautizado con el bautismo de sufrimiento, sin embargo la gloria del Padre fue la gran preocupación de Cristo.
Las siguientes palabras resumen hermosamente el significado de la petición:
Oh Señor, abre nuestros ojos para que te podamos conocer bien y podamos discernir Tu poder, sabiduría, justicia y misericordia; y ensanchar nuestros corazones para que te podamos santificar en nuestros afectos, por medio del hacer de ti nuestro temor, amor, alegría confianza; y abre nuestros labios para que te podamos bendecir por tu infinita bondad; sí, Señor, abre nuestros ojos para que te podamos ver en todas Tus obras, e inclina nuestras voluntades con reverencia por tu nombre que aparece en tus obras, y concédenos que cuando usemos cualquiera de ellos, que te podamos honrar en nuestro sobrio y santificado uso de los mismos (W.  Perkins).

En conclusión, señalemos muy brevemente los usos que se han de hacer de esta petición. (1) Nuestros fracasos del pasado deben ser dolidos (llorados) y confesados. Debemos humillarnos a nosotros mismos por esos pecados que han estorbado la gloria manifestativa de Dios y profanado Su nombre, tales como orgullo del corazón, frialdad de celo, obstinación de voluntad, e impiedad de la vida. (2) debemos buscar ardiente y seriamente las gracias que nos permitan santificar su nombre: un mejor conocimiento de Él mismo, un incremento de temor santo en nuestros corazones, fe, esperanza, amor y adoración aumentadas; y el uso correcto de sus dones. (3) nuestros deberes deben ser fielmente practicados, que no haya nada en nuestra conducta que haga que Su nombre sea blasfemado por los incrédulos (Rom. 2:24).  «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor. 10:31).

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