Capítulo 4 – La tercera petición

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Capítulo 4 – La Tercera petición

“…hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo…”
Mateo 6:10

La conexión entre esta tercera petición y las anteriores no es difícil de rastrear. La primera preocupación de nuestros corazones, así como nuestras oraciones, debe ser para la gloria de Dios. Anhelos por el Reino de Dios siguen naturalmente, al igual que esfuerzos honestos para servir a Dios mientras estamos en esta tierra. La gloria de Dios es el gran objeto de nuestros deseos. La venida y el avance de su Reino son el principal medio por el cual la gloria de Dios es manifestativamente asegurada. Nuestra obediencia personal hace que sea evidente que su Reino ha llegado a nosotros. Cuando el Reino de Dios realmente viene a un alma, esta debe, necesariamente, ser traída a la obediencia de sus leyes y ordenanzas. Es peor que inútil llamar a Dios nuestro Rey si sus mandamientos no son considerados por nosotros. En términos generales, hay dos partes en esta petición: (1) una petición por el espíritu de obediencia; y (2) una declaración de la manera en que la obediencia debe ser llevada a cabo.
“…hágase tu voluntad…” Esta cláusula puede presentar una dificultad para algunos de nuestros lectores, quienes podrían preguntar, “¿no se hace siempre la voluntad de Dios?” En un sentido si, pero en otro sentido no. La Escritura presenta la voluntad de Dios desde dos diferentes puntos de vista: su voluntad secreta y Su voluntad revelada, o su voluntad decretiva y su voluntad preceptiva. Su voluntad secreta o decretiva es el gobierno de Sus propias acciones: en la creación (Apo. 4:11), la providencia (Dan. 4:35), y la gracia (Rom. 9:15).  Lo que Dios ha decretado es siempre desconocido a los hombres hasta que son reveladas por las profecías de lo que ha de venir o por los acontecimientos cuando ocurren. Por otra parte, la voluntad de Dios revelada o preceptiva, es el gobierno para nuestras acciones, Dios ha dado a conocer en las Escrituras lo que es agradable a sus ojos.
La voluntad secreta o decretiva de Dios se hace siempre, igualmente en la tierra como en el cielo, ya que ninguno puede frustrar o incluso estorbar su desarrollo. Es igualmente evidente que la voluntad revelada de Dios es violada cada vez que uno de sus preceptos es desobedecido. Esta distinción fue establecida claramente cuando Moisés dijo a Israel, “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.” (Deut. 29:29).  Esta distinción también se encuentra en el uso de la palabra consejo. “Mi consejo [decreto eterno de Dios] permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isa. 46:10), dice Jehová. Sin embargo, en Lucas 7:30 leemos que “los Fariseos y los abogados rechazaron [es decir, frustraron] el consejo [o voluntad revelada] de Dios” como a sí mismos, no siendo bautizados por Juan. Por un lado, leemos: ” ¿quién ha resistido a su voluntad?” (Rom. 9:19).  Por otro lado se nos dice que “…pues la voluntad de Dios es vuestra santificación;…” (1 Tes. 4:3).  La voluntad revelada o preceptiva de Dios es declarada en la Palabra de Dios, definiendo nuestro deber y dando a conocer la ruta en la que debemos caminar. Dios ha provisto Su Palabra como el medio designado para la renovación de nuestra mente. Una colocación de los preceptos de Dios en el corazón (Sal. 119:11) es esencial para la transformación de la personalidad y la conducta; esta disciplina vital es un prerrequisito absoluto para nuestra prueba, en nuestra propia experiencia cristiana, “… para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. ” (Rom. 12:2).
La voluntad de Dios, entonces, es una frase que, de por sí, puede expresar lo que Dios ha pensado hacer, o lo que Él ha mandado ser hecho por nosotros. Con respecto a la voluntad de Dios en el primer sentido, que siempre es, siempre ha sido, y siempre se hará en la tierra como en el cielo, porque ni la política humana ni el poder infernal pueden evitarla. El texto que hoy nos ocupa contiene una oración; y es que nosotros podamos ser traídos a estar en completo acuerdo con la voluntad revelada de Dios. Nosotros hacemos la voluntad de Dios, cuando, de la debida consideración a su autoridad, regulemos nuestros propios pensamientos y conducta por medio de sus mandamientos. Tal es nuestro deber sagrado, y siempre debe ser nuestro deseo ferviente y esfuerzo diligente de hacer así. Nos burlamos de Dios si presentamos esta solicitud y, a continuación, fallamos al hacer la conformación de nosotros mismos a su voluntad revelada nuestro negocio principal. Reflexiónese sobre la solemne advertencia del Señor en Mateo 15:1 (cf.  Mateo 25:31 y Lucas 6:46).
“…hágase tu voluntad en la tierra…” El que ora sinceramente ésto, necesariamente da a entender su entrega incondicional a Dios; implica la renuncia a la voluntad de Satanás (2 Tim. 2:26) Y a sus propias inclinaciones corruptas (1 Ped. 4:2), y su rechazo a todo lo que se opone a Dios. Sin embargo, esa alma es dolorosamente consciente de que todavía hay mucho en él que está en conflicto con Dios. Por lo tanto, con humildad y contrición reconoce que no puede hacer la voluntad de Su Padre sin asistencia Divina, y que él desea y busca fervientemente la gracia que lo capacite. Posiblemente el significado y el alcance de esta petición se abrirán mejor si lo expresamos así: oh Padre, que tu voluntad me sea revelada, que se forje en mí, y que sea hecha por mí.
Desde una perspectiva positiva, cuando oramos, “…hágase tu voluntad…”, rogamos a Dios por sabiduría espiritual para aprender su voluntad: “Hazme entender el camino de tus mandamientos… Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos,…” (Sal. 119:27, 33).  También, le suplicamos a Dios por inclinación espiritual hacia su voluntad: “ Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón… Inclina mi corazón a tus testimonios,…” (Sal. 119:32, 36).  Por otra parte, rogamos a Dios por fuerza espiritual para hacer Su voluntad: “…vivifícame según tu palabra… susténtame según tu palabra.” (Sal. 119:25, 28; Flp. 2:12, 13; Heb. 13:20, 21).  Nuestro Señor nos enseña a orar, “…hágase tu voluntad así en la tierra…”, porque este es el lugar de nuestro discipulado. Este es el ámbito en el que se va a practicar la auto negación. Si no hacemos su voluntad aquí, no podremos nunca en el cielo.
“…como en el cielo…” La norma por la cual hemos de medir nuestros intentos de hacer la voluntad de Dios en la tierra es nada menos que la conducta de los santos y los ángeles en el cielo. ¿Cómo se hace la voluntad de Dios en el cielo? Por cierto, no se hace a regañadientes o con mal humor, ni se hace hipócrita o farisaicamente. Podemos estar seguros de que no se ejecuta ni tardía ni caprichosamente, ni parcial ni fragmentariamente. En las cortes celestiales, la voluntad de Dios se hace gozosa y alegremente. Tanto las cuatro criaturas vivientes (no bestias) como los veinticuatro ancianos de Apocalipsis 5:8-14 son descritos como rindiendo adoración y servicio juntos. La adoración y la obediencia celestiales, sin embargo, son rendidas con humildad y reverencia, ya que los serafines ocultan sus rostros ante el Señor (Isa. 6:2). Allí los mandamientos de Dios se ejecutan con prontitud, porque Isaías dice que uno de los serafines voló hacia él desde la presencia Divina (Isa. 6:6).  Allí Dios es alabado constantemente y sin descanso. “Por esto están [los santos] delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo;…” (Apoc. 7:15).  Los ángeles obedecen a Dios sin demora, en su totalidad, perfectamente y con inefable deleite. Pero nosotros somos pecaminosos y llenos de flaquezas. ¿Con que conveniencia, entonces, puede la obediencia de seres celestiales ser propuesta como un ejemplo presente para nosotros? Planteamos esta cuestión no como una concesión a nuestras imperfecciones, sino porque las almas honestas son ejercitadas por medio de ella.
En primer lugar, esta norma es puesta ante nosotros para endulzar nuestro sometimiento a la Voluntad Divina, ya que a nosotros en la tierra no se nos pone una tarea más exigente que la de aquellos que están en el cielo. El Cielo es lo que es porque la voluntad de Dios se lleva a cabo por todos los que habitan allí. La medida en que un anticipo de su felicidad puede ser obtenida por nosotros en la tierra, estará determinada en gran medida por el grado en que realicemos aquí la voluntad Divina. En segundo lugar, este estándar es dado para mostrarnos la bienaventurada razonabilidad de nuestra obediencia a Dios. “Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, Poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, Obedeciendo a la voz de su precepto.” (Sal. 103:20).  Luego, ¿Dios puede requerir menos de nosotros? Si vamos a tener comunión con los ángeles en la gloria, entonces debemos ser conformados a ellos en la gracia. En tercer lugar, es dado como el estándar al que debemos apuntar. Pablo dice, “ Por lo cual también nosotros… no cesamos de orar por vosotros,… para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo,… para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere.” (Col. 1:9, 10; 4:12).  En cuarto lugar, esta norma es dada para que nos enseñe no sólo qué hacer, sino cómo hacerlo. Debemos imitar a los ángeles en la forma de su obediencia, a pesar de que no podemos igualarlos en medida o grado.

“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” Pésese esto atentamente a la luz de lo que le precede. En primer lugar, se nos enseña a orar, “Padre nuestro que estás en los cielos”; a continuación, ¿no deberíamos hacer Su voluntad? Debemos, si somos Sus hijos, ya que la desobediencia es la que caracteriza a sus enemigos. ¿Su propio Hijo querido no le rindió obediencia perfecta? Y debería deleitarnos para esforzarnos por darle la calidad de devoción a la que Él está acostumbrado en el lugar de su morada, la silla de nuestra futura dicha. En segundo lugar, dado que se nos enseña a orar, “santificado sea tu nombre”, ¿una preocupación real por la gloria de Dios no nos obliga a hacer de una conformidad a su voluntad nuestra suprema búsqueda? Con certeza Debemos, si queremos honrar a Dios, porque nada le deshonra más que la voluntad propia y el desafío. En tercer lugar, ya que se nos instruye a orar, “venga tu reino”, ¿no deberíamos buscar estar en pleno sometimiento a sus leyes y ordenanzas? Debemos, si estamos sujetos a las mismas, pues son sólo los rebeldes alienados quienes desprecian su cetro.

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