Capítulo 8 – La Séptima petición

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Capítulo 8 – La Séptima Petición

“…más líbranos del mal… “
Mateo 6:13

Esta séptima petición nos lleva al final de la parte del peticionario de la oración del Padre nuestro. Las cuatro peticiones que son para el suministro de nuestras propias necesidades son para proporcionar gracia (“danos”), gracia perdonadora (“perdónanos”), gracia preventiva (“no nos dejes caer en la tentación”), y gracia preservadora (“líbranos”).  Se debe notar cuidadosamente que en cada caso el pronombre personal está en el plural y no en singular – nosotros y nuestro, no yo y mí-. Ya que debemos suplicar no sólo por nosotros mismos, sino por todos los miembros de la familia de la fe (Gal. 6:10).  Cuán hermosamente demuestra esto el carácter familiar de la verdadera oración cristiana. Puesto que nuestro Señor nos enseña a dirigirnos al “Padre nuestro” y a abrazar a todos Sus hijos en nuestras peticiones. En el pectoral del sumo sacerdote estaban inscritos los nombres de todas las tribus de Israel. Como un símbolo de la intercesión de Cristo en lo alto. Así, también, el Apóstol Pablo exhorta “…y súplica por todos los santos…” (Ef. 6:18).  El amor a sí mismo cierra las entrañas de la compasión, confinándonos a nuestros propios intereses; pero el amor de Dios derramado en nuestros corazones nos hace solícitos en representación de nuestros hermanos.
“…Y líbranos del mal…” no podemos estar de acuerdo con aquellos que limitan la aplicación de la palabra mal aquí solo al Diablo, aunque no cabe duda que el principalmente es la intención aquí. El griego puede, con igual propiedad, ser traducido el maligno o lo malo; de hecho, se traduce en un sentido o en otro.
Se nos enseña a rezar por la liberación de todo los tipos, grados, y ocasiones del mal; de la malicia, el poder y la sutileza de las poderes de las tinieblas; de este mundo malo y todos sus engaños, trampas, iras, y engaños; del mal de nuestro propio corazón, que pueda ser restringido, subyugado y, finalmente, extirpado; y de la maldad del sufrimiento… (Thomas Scott).
Esta petición, entonces, expresa un deseo de ser liberado de todo lo que es realmente perjudicial para nosotros, y sobre todo del pecado, que no tiene ningún bien en sí mismo.
Es cierto que en contraposición a Dios, Quien es el Santo, Satanás es designado como “el malvado [o el malo]” (Ef. 6:16; 1 Juan 2:13, 14; 3:12; 5:18, 19).  Sin embargo, también es cierto que el pecado es malo (Rom. 12:9), el mundo es malo (Gal. 1:4), y que nuestra propia naturaleza corrupta es mala (Mateo 12:35).  Adicionalmente, las ventajas que el diablo gana sobre nosotros son por medio de la carne y el mundo, pues son sus agentes. Por lo tanto, esta es una oración por la liberación de todos nuestros enemigos espirituales. Es cierto que se nos ha liberado de “el poder de las tinieblas” y trasladado al reino de Cristo (Col. 1:13), y que, en consecuencia, Satanás ya no tiene ninguna autoridad legal sobre nosotros. No obstante, nuestro adversario ejerce un poder increíble y opresivo: a pesar de que no nos puede gobernar, se le permite molestarnos y acosarnos. Levanta enemigos para que nos persigan (Apo. 12, 13), inflama nuestra lujuria (1 Cron. 21:1; 1 Cor. 7:5), y perturba nuestra paz (1 Ped. 5:8).  Por lo tanto, es nuestra constante necesidad y obligación orar para que seamos librados de él.
La estratagema favorita de Satanás es incitarnos o engañarnos a todos a una prolongada auto-indulgencia en un cierto pecado al cual estamos particularmente inclinados. Por lo tanto, tenemos que estar en constante oración de que nuestras corrupciones naturales puedan ser mortificadas. Cuando él no puede causar alguna lujuria grosera para tiranizar a un hijo de Dios, se esfuerza por lograr que él cometa algún acto de maldad donde el nombre de Dios será deshonrado y Su pueblo ofendido, como lo hizo en el caso de David (2 Sam. 11).  Cuando un creyente ha caído en pecado, el Diablo trata de hacer que se calme con él, para que no tenga remordimientos por ello. Cuando Dios nos castiga por nuestras faltas, Satanás se esfuerza para que no nos preocupemos contra el castigo de nuestro Padre o de lo contrario nos conduce a la desesperación. Cuando falla en estos métodos de ataque, entonces él levanta a nuestros amigos y familiares para que se opongan a nosotros, como en el caso de Job. Pero cualquiera que sea su línea de asalto, la oración por liberación debe ser nuestra fuente de ayuda diaria.
Cristo mismo nos ha dejado un ejemplo que nos debe alentar a ofrecer esta petición, ya que en su intercesión a favor nuestro lo encontramos diciendo, “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15).  Obsérvese cómo esto nos explica la relación entre la cláusula que estamos considerando y la que la precede. Cristo no oró absolutamente que deberíamos estar exentos de tentación, porque Él sabía que Su pueblo debe esperar ataques tanto de dentro como de fuera. Por lo tanto, el pidió que no deberíamos ser sacados de este mundo, sino que fuéramos librados de mal. Ser guardado de la maldad del pecado es una misericordia mucho más grande que ser guardado del problema de la tentación. Pero, ¿hasta dónde Dios, se puede preguntar, se ha comprometido a librarnos del mal? En primer lugar, él no nos guarda del mal hasta donde sería doloroso para nuestros más altos intereses. Fue para el mayor bien de Pedro, y el bien del pueblo de Dios, que él haya sufrido el caer temporalmente (Lucas 22:31).  En segundo lugar, Dios previene que el mal gane completo dominio sobre nosotros, de modo que no apostatemos total y definitivamente. En tercer lugar, nos rescata del mal por medio de la máxima liberación, cuando Él nos lleve al cielo.
“…más líbranos del mal…” Esta es una oración, en primer lugar, por la iluminación divina, a fin de que podamos detectar los artilugios de Satanás (2 Cor. 2:11).  El que puede transformarse a sí mismo en un ángel de luz (2 Cor. 11:14) es demasiado sutil para que la sabiduría humana trate con él. Sólo cuando el Espíritu misericordiosamente ilumina podemos discernir sus trampas. En segundo lugar, esta es una oración por fortaleza para resistir los ataques de Satanás, ya que él es demasiado poderoso para nosotros resistirlo en nuestras propias fuerzas. Solo cuando somos energizados por el Espíritu, seremos guardados de ceder voluntariamente a la tentación o de tomar placer en los pecados que hemos cometido. En tercer lugar, esta es una oración por gracia para mortificar nuestros deseos lujuriosos, porque sólo en la medida en que mortifiquemos nuestras propias corrupciones internas, seremos capacitados para rechazar las solicitudes externas para pecar. No podemos echarle solamente la culpa a Satanás mientras le damos licencia al mal de nuestro corazón. La salvación del amor al pecado siempre precede a la liberación de su dominio. Cuarto, esta es una oración por arrepentimiento cuando sucumbimos. El pecado tiene una tendencia mortal a darle muerte a nuestra sensibilidad y a endurecer nuestros corazones (Heb. 3:13).  Nada sino la gracia Divina nos hará libres de descarada indiferencia y obrará en nosotros la tristeza que es según dios por nuestros pecados. La palabra “líbranos” implica que estamos tan profundamente sumidos en el pecado como una bestia que se ha quedado en el cieno y debe ser arrastrada con fuerza para que salga. Quinto, es una oración para la remoción de culpa de la conciencia. Cuando el verdadero arrepentimiento se ha comunicado, el alma se inclina con vergüenza ante Dios; no hay alivio hasta que el Espíritu rocía la conciencia nuevamente con la sangre limpiadora de Cristo. Sexto, es una oración de que podamos ser de tal manera liberados del mal, que nuestras almas sean restauradas de nuevo a la comunión con Dios. Séptimo, es una oración que cancelará nuestras caídas de su gloria y para nuestro bien duradero. Tener un deseo sincero de todas estas cosas es una señal del favor de Dios.

Debemos esforzarnos por practicar Lo que pedimos. No hacemos sino burlarnos de Dios, si le pedimos que nos libre del mal y, a continuación, jugamos con el pecado o imprudentemente nos apresuramos al lugar de la tentación. La oración y la vigilancia nunca deben ser separadas la una de la otra. Debemos hacer que nuestro cuidado especial sea para mortificar nuestros deseos lujuriosos (Col. 3:5 ; 2 Tim. 2:22 ), para no hacer provisión alguna para la carne (Rom. 13:14 ), para evitar toda especie (o forma) de mal (1 Tes. 5:22 ), para resistir al Diablo firmes en la fe (1 Ped. 5:8, 9), para no amar al mundo, ni las cosas que hay en él (1 Juan 2:15 ).  Entre más formado sea nuestro carácter y regulada nuestra conducta por la santa Palabra de Dios más capacitados estaremos para vencer el mal con el bien. Trabajemos con diligencia para mantener una buena conciencia (Hechos 24:16).  Busquemos vivir cada día como si supiéramos que es nuestro último día en la tierra (Prov. 27:1).  Pongamos nuestro afecto en las cosas de arriba (Col. 3:2).  Entonces, que podamos orar con sinceridad, “y líbranos del mal”.

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