Principio regulativo de la adoración

Las iglesias bautistas reformadas mantienen un enfoque serio sobre la adoración. Creemos que la forma aceptable de adorar verdaderamente a Dios ha sido instituida por él mismo en las Sagradas Escrituras. No podemos adorarle de acuerdo a nuestras imaginaciones, deseos o intereses culturales o contextuales. El culto de adoración sólo debe contener lo que ha sido declarado de manera clara en la Biblia, y en la adoración no podemos incluir nada que no haya sido mandado por el Señor o los santos apóstoles a través de los escritos canónicos.

El Dios que adoramos es un Dios de majestad, gloria y santidad. El Dios de la Biblia es aquel ante quien los ángeles de manera constante claman: “Santo, Santo, Santo”. Él es muy grande y digno de suprema alabanza. Creeos que cuando las iglesias se reúnen para adorar al Dios de la Biblia deben hacerlo con suma reverencia y con un temor grande y glorioso. A él nos acercamos con temor en nuestros corazones.

Esto no significa que en el culto a Dios no debe haber alegría, sí, pero una alegría santa, en Dios. Una alegría que no surge de un sentimiento natural o carnal, sino de una comprensión bíblica de quién es el Señor. En el culto de adoración hay gozo, pero un gozo moderado y controlado por la reverencia. Hay mucha diferencia entre un servicio muerto y un servicio espiritual, serio. Se debe evitar la frialdad muerta y el emocionalismo infantil.

Las iglesias bautistas reformadas también creen que la música en el culto debe ser gobernada por el gran hecho central de Aquel a quien adoramos. Muchas iglesias evangélicas han sido invadidas por una música carnal que imita al mundo. El culto se ha convertido en un espectáculo mundano de músicos y artistas que, en nombre de Dios, se promueven ante los demás, así como se hace en la televisión o en los conciertos multitudinarios. El espíritu del mundo gobierna esta adoración centrada en que el “adorador” se sienta bien y sienta emociones que le conducen a creer vanamente que está“experimentando” la presencia de Dios.

Creemos que lo sagrado no debe ser prostituido y utilizado como entretenimiento. Si alguien desea entretenimiento debe ir a un salón de diversiones mundanas, pues, el culto a Dios nada tiene que ver con estas cosas de la carne.

Creemos que el ritmo musical y los instrumentos musicales que acompañan la adoración también deben estar acordes con la Majestad de aquel a quién dirigimos nuestros cantos. El ritmo de bolero o balada romántica se utiliza para cantarle a la novia o a la esposa; no a Dios. El ritmo de cumbia, salsa, merengue, vallenato, Rock, entre otros, se utiliza para las parrandas, la discoteca o el baile mundano; no para adorar al Santo Dios.

Los himnos que se entonan en el culto deben estar acompañados por un ritmo musical que no apele de manera desmedida a las emociones de nuestra carne, sino que apelen al espíritu, a través de un ritmo sereno y apacible.

Creemos que la música instrumental en la iglesia es un acompañamiento para que el canto congregacional fluya y navegue con mayor facilidad, pero este acompañamiento no debe ser tan notorio que las voces se apaguen.

Creemos que el culto a Dios es algo congregacional, donde todos cantamos, todos adoramos a Dios, no se trata de ver un espectáculo; por esa razón, los músicos están detrás de la congregación o a un lado, donde no cobren mucha notoriedad.

Creemos que la letra de los himnos debe ser bíbliocéntrica y cristocéntrica; no ambigua, es decir, que no se pueda usar para cantarla a Dios o al esposo. Es una letra que expresa la obra de la redención, de la gracia y se centra en Dios, no en el adorador.

Creemos que la mayoría de los himnos históricos que aparecen en los himnarios (Bautista, Celebremos su Gloria, Fe y Alabanza) son baluartes de nuestra fe histórica, que contienen las doctrinas bíblicas, expresan la fe de los santos y no promueven una emotividad basada en influencias carnales.

La adoración pública no es un acto individualista en el cual cada uno se centra en sí mismo para tener comunión con Dios, sino que todos, juntos, como uno solo, adoran a Dios de manera reverente e inteligente a través de la lectura de la Palabra, las oraciones comunitarias guiadas por un director, los himnos y cánticos espirituales, la predicación expositiva, las ofrendas generosas como Dios haya prosperado a cada uno y la celebración de los sacramentos.

Si bien es más cómodo cerrar los ojos cuando oramos, con el fin de no distraernos, debemos evitar aislarnos del resto de la congregación cuando se adora a Dios en cualquiera de los elementos que forman parte del culto. La adoración colectiva, es eso, algo colectivo, no aislado, ni individualista. Algunas iglesias reformadas están siendo influencias por el modelo de “adoración” carismática, donde el espíritu individualista impera, y cada uno busca su propio sentir. Esto no forma parte del culto de adoración bíblico.

Las iglesias bautistas reformadas creen que cuando nos reunimos para adorar nada tenemos que ver con el mundo, no apelamos a la carne sino al espíritu, no buscamos las cosas sofisticadas del mundo sino la sencillez de Cristo.

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