El Verbo en la creación. Juan 1:3

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Un prólogo sublime. El Verbo: Desde Su eternidad hasta Palestina
Juan 1:1-18
2. La gloria del Verbo en la creación. V. 3
El tema central de la Biblia es Dios y el Evangelio, Dios salvando a los hombres para que vivan para Su gloria. La buena noticia del Evangelio es que Dios diseña un plan perfecto para reconciliar consigo mismo al pecador rebelde, supliendo toda la deficiencia que hay en el mortal: Lo justifica por medio de la muerte mediadora y expiatoria de Cristo, lo libra de la condenación eterna recibiendo en la cruz la ira del Juez Justo, lo llama eficazmente por la obra de Cristo para que acuda al arrepentimiento y a la fe necesaria para la salvación, lo limpia de sus pecados y maldades a través de su sangre derramada, le transforma a la imagen de Cristo para que pueda andar en comunión real y constante con el Padre, lo sienta en los lugares celestiales en Cristo ahora mismo para que disfrute las riquezas de la Gracia del Señor, le resucitará en Cristo al final de los tiempos para que pueda disfrutar de la gloria eterna en comunión íntima con Dios, los ángeles y los santos.
Este es el mensaje más importante que cualquier mortal pueda escuchar, no hay noticia más relevante y transformadora que ésta. Es más importante que la noticia de la llegada del hombre a la Luna, que el descubrimiento del genoma humano, que el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y EEUU o la firma de un acuerdo de paz entre las Farc y el gobierno colombiano.
Esta verdad fue bien comprendida por los apóstoles de Cristo, los cuales decidieron, guiados e inspirados por el Espíritu Santo, poner por escrito para su propia generación y las venideras, los hechos y enseñanzas más relevantes de Jesús, no con el fin de satisfacer una curiosidad histórica, sino de mostrar que en Él se cumplieron todas las profecías del Antiguo Testamento sobre la simiente de la mujer que nacería en este mundo para reconciliar a Su pueblo con Dios. El Mesías prometido en los tiempos antiguos vino al mundo, fue despreciado por el mundo, pero hizo Su obra perfecta para salvar a Su pueblo y reconciliarlo con Dios. No hay mensaje más glorioso, no hay noticia más impactante, no hay un tema más importante que éste. Es por eso que el apóstol Pablo escribió: “1. Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2. por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 3. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4. y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5. y que apareció a Cefas, y después a los doce”. (1 Cor. 15:1-5).
Esta es la verdad central que todo hombre, mujer y niño debe creer si es que desea ser salvado. Por eso al Espíritu le plació escribir cuatro retratos del mismo Evangelio: Mateo, Marcos, Lucas y Juan tienen ese propósito en mente. No se trata de una simple biografía, sino de un mensaje que transforma las vidas y las pasa de muerte a vida.
El Evangelio del que estamos predicando tiene ese propósito en mente. Juan escogió siete señales y algunos discursos de Cristo que consideró, inspirado por el Espíritu, serían suficientes para mostrarnos que Jesús es el Mesías, nacido de mujer pero venido directamente del cielo, Dios de Dios. Si alguien no cree esto no puede ser salvo, pues, no está creyendo en Aquel que le puede salvar. Si alguien no cree que Jesús es Dios verdadero de Dios verdadero, Hijo del Padre, de la misma esencia, pero una persona distinta; el tal delira de cosas que no entiende y rechaza a Aquel que le puede salvar. Ese es el propósito por el cual Juan escribe Su evangelio. No se trata de meras historias o maravillas, sino de un mensaje que produce salvación: “30. Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20).
Con ese propósito en mente, Juan escribe una introducción o prólogo a Su Evangelio, el cual se encuentra en el capítulo 1 versos 1 al 18. Aquí Juan da un anticipo de los temas principales que desarrollará en su Evangelio. El Mesías no es sólo un hijo de David, sino Señor de David, Señor de Abraham, Señor de la creación, Señor de la Eternidad.
El prólogo es un himno de introducción del Mesías al mundo, el mejor canto de navidad jamás escrito. Juan traerá a Cristo desde el cielo y la eternidad hasta la temporalidad y humillación de la encarnación en Palestina. Juan presenta a Jesús en la eternidad como el Verbo o la Palabra de Dios, quien está con Dios, como una persona distinta, pero a la vez es Dios de la misma esencia. Juan luego mostrará a Cristo dando declaraciones de su divinidad: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). Luego Juan, sigue mostrando a Cristo como el agente de la creación y el mismo Creador; quien, habiendo hecho al hombre a su imagen, se convierte en Su vida y luz espiritual; pero el hombre pecó y rechazó a la luz y a la vida; Este Mesías, eterno con Dios el Padre, Creador de todo y fuente de la verdadera vida y luz; debió ser recibido en la tierra con los más altos honores, pero la realidad fue lo contrario: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. El verbo eterno tomó forma corporal humana, dignificando así al hombre, pero el hombre no lo recibió, sino que lo rechazó. Más este Dios-humanado se humilló a sí mismo y estuvo dispuesto a morir en manos de aquellos que vino a salvar.
Este es el verdadero evangelio, no hay más. Esto es aquello de lo cual se debe predicar en todo tiempo, este debe ser el tema central de toda conversación cristiana, de todo devocional personal o familiar: Cristo, el Verbo eterno, vino al mundo para ser su Luz y Vida, el mundo lo rechazó; pero él dio su vida para salvar a Su pueblo de sus pecados, y constituirnos en hijos de Dios, adoptados en el Amado.
Luego de haber visto a Cristo como el Verbo de Dios en la eternidad, procederemos con el siguiente punto desarrollado por el Evangelista en su prólogo: La gloria del Verbo en la creación.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (v. 3). En este pasaje encontramos dos verdades: una expresada de manera positiva: El Verbo fue el instrumento de la creación, y otra expresada en términos negativos, nada existe sin él.
Iniciemos revisando la declaración positiva: “Todas las cosas por él fueron hechas”. El Salvador es también el Creador, y nadie mejor para rescatar al pecador perdido que aquel que lo ama porque también es el que lo hizo. Todo inventor ama los productos de su capacidad creadora, así Dios-el Verbo, siendo también el Creador del hombre, posee un profundo e infinito amor por Su criatura, de tal manera que está dispuesto a darlo todo para rescatarlo del estado de dolor y miseria en el cual se hundió a causa de su propia obstinación y maldad.
La doctrina de la creación y la salvación del hombre van de la mano, el Dios que crea es el Dios que salva. Esto fue lo que Dios le repitió muchas veces a Israel: “Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve” (Is. 43:1, 11). Sólo él puede salvar, porque sólo él es el Creador. “De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador” (1 P. 4:19), al Creador encomendamos nuestras almas en medio de la aflicción porque solo él puede experimentar la compasión profunda y activa que nos libra del mal. “¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante? ¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció” ( Deut. 32:6). Si Dios creó al hombre, entonces él le pertenece y debe rendirse en obediencia; además, si Dios creó al hombre, sólo él le puede salvar completamente de su miseria.
Ahora, Juan no nos dice que el Verbo creó sólo al hombre, sino a todas las cosas; resaltando así que el Mesías, aunque es hijo de David, es el creador de David, el creador de todas las cosas, y por lo tanto, digno de adoración; pues, aquel que creó todas las cosas, necesariamente él mismo no es creado, sino eterno. Ahora, la Biblia nos enseña que Dios el Padre es el Creador. Dentro de los roles de las personas de la Santísima Trinidad, al Padre le corresponde por excelencia el de Creador; no obstante, debido a que las tres personas de la Trinidad no conforman tres dioses, sino un solo Dios; hay un sentido en el cual se puede decir que lo que hace una persona, también lo hacen las otras. Por ejemplo, la Segunda Persona, el Hijo, es, por excelencia, el Redentor; no obstante, en la Biblia, al Padre también se le denomina como el Redentor. Dios el hijo es el Salvador, pero el Padre y el Espíritu también están involucrados en esta obra. Lo mismo sucede con la creación, aunque Dios el Padre es el Creador, también el Hijo y el Espíritu participan de la misma obra. Por ejemplo, Job dice: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4).
Respecto al Hijo como Creador, Pablo afirma: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos (los ángeles fueron creados por él) y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:15-17). También Pablo en 1 Corintios 8:6 reafirma la verdad de que todas las cosas fueron hechas por el Padre, por medio de Jesús: “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él” (1 Cor. 8:6). Y el autor de Hebreos se identifica plenamente con esta verdad cuando dice: “En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1:2). Y es muy posible que Juan, un judío convertido a Cristo, conocedor del Antiguo Testamento, haya pensado en el Verbo como la sabiduría personal que estaba con Dios desde la eternidad, la cual, también participó de la creación: “Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado… cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo; cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento; cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo” (Prov. 8:22, 23, 27-30). Y siendo que Juan inicia su evangelio de la misma manera como Moisés inició el Génesis, hablando del principio y del origen de todas las cosas, relacionando este principio con el Verbo eterno; entonces, no es de extrañar que cuando dice que todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo o la Palabra, esté pensando en la forma cómo Dios creó todas las cosas: Por medio de Su Palabra, es decir, por medio de Cristo.
Muchos filósofos, pensadores, teólogos y científicos creen que Dios usó a la materia para crear al mundo, es decir, que la materia, así como Dios, es eterna. Pero los autores Sagrados enseñan todo lo contrario. Al principio, antes de la creación, no había ninguna materia, solo Dios. Y este Dios, quien es espíritu, creó, con Su sola palabra todas las cosas que existen, sean espirituales o materiales.
Ahora, es importante resaltar que la construcción de esta frase en el idioma griego deja ver que el Verbo fue el instrumento personal de la creación, es decir, el texto debe ser traducido así: “Todas las cosas fueron hechas por medio de él”. EL Verbo, el Cristo, Aquel que tuvo una existencia continua y conjunta con el Padre desde toda la Eternidad es el agente de la divinidad que trae a existencia toda la creación. El Padre lo origina todo, pero el Hijo lo manifiesta y el Espíritu lo hermosea. “Debemos recordar que esta expresión no implica inferioridad alguna de Dios el Hijo respecto a Dios el Padre como si Dios el Hijo fuera solo el instrumento que trabaja sometido a otro. Tampoco implica que la creación no fuera en sentido alguno obra de Dios el Padre y que Él no sea el Hacedor del Cielo y de la Tierra. Pero implica que es tal la dignidad del Verbo eterno, que en la Creación así como en todo lo demás cooperó con el Padre: “Todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19”. Cuando leemos la expresión “por mí reinan los reyes” (Proverbios 8:15), ni por un momento suponemos que los reyes son superiores en dignidad a Aquel por medio de quien reinan”[1].
El Segundo aspecto que deja ver Juan en el verso 3 es que nada existe sin el Verbo. “Y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. Esta es una afirmación poderosa, pues, Juan quiere reafirmar la capacidad creadora del Verbo y también que él mismo no es creado. Si nada existe sin él, es porque él es necesario para la existencia de cualquier ser, pero si él es necesario para que cualquier cosa exista, entonces, él mismo no necesita de la existencia de otro ser. Aquí se afirma la divinidad de Cristo de una manera contundente: Aquel que es el medio para la creación de todas las cosas, espirituales o materiales, tiene que ser eterno con Dios el Padre, fuente de toda creación.
Algunas sectas creen que Cristo en un ángel creado, el primer ser de la creación, a través de quién Dios creó todas las cosas; pero Juan niega esta verdad, pues, él afirma que por medio de Cristo se creó todo, es decir, ni una sola cosa, espiritual o material, las que hay en los cielos o en la tierra, visibles e invisibles, nada existe sino es por medio del Verbo; por lo tanto, él tiene que ser eterno. Por medio de él se creó desde el ángel más excelso que habita en la misma presencia de Dios, hasta el gusano más vil que es despreciado por el ojo humano. La Biblia no nos dice que alguna creación precedió a la creación. Lo único que existía antes de la creación es la eternidad, y el único ser eterno es Dios, el Padre, el Verbo y el Espíritu: un solo Dios verdadero en tres personas divinas.
Sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho; parece una declaración filosófica: Algo empezó a existir, entonces fue creado por Cristo, y si no fue creado por Cristo, no existe; así de sencillo. Jesús no sólo es el que garantiza la salvación de Su pueblo por toda la eternidad, sino que él mismo garantiza la existencia de la creación, pues, ella depende de él para existir y ser. ¡Cuán glorioso Salvador tenemos! No se parece en nada a los mesías de las distintas religiones que hay en el mundo, los cuales mueren y en nada son necesarios para que la existencia del mundo continúe. Si se pudiera dar que el Verbo dejara de existir, entonces todo lo que ha sido creado dejaría de ser.
Ahora, Juan desarrollará esta doctrina a través de su evangelio, dando evidencias de que él es el creador: él transformó el agua en vino, solo Dios puede cambiar la esencia de las cosas. Él resucitó a Lázaro cuando en su cuerpo ya había iniciado el proceso de descomposición porque él es el dador de la vida y el creador del cuerpo humano. Los que creen en él pasan de muerte de vida, porque, siendo el creador tiene el poder para resucitar el alma muerta en delitos y pecados; él es la resurrección y la vida, porque el poder creador seguirá por siempre en él. Jesús es el Verbo Creador porque él puede hacer las mismas obras que hace el Padre (Juan 10:37).
Aplicaciones
El Verbo vino a este mundo material porque él ama a su creación. Dios no está lejos del mundo, él es inmanente y habita en medio de lo creado, preservándolo todo y guiándolo hacia el destino que él mismo trazó. Dios no ha abandonado a su creación. “Este es el mundo de Dios, por eso nada en él está fuera de su control; y por eso debemos usar todas las cosas dándonos cuenta de que pertenecen a Dios. El cristiano no le hace de menos al mundo creyendo que el que lo hizo era un dios ignorante y hostil, sino que lo glorifica recordando que Dios está en todas partes, detrás de todo y en todo. Cree que el Cristo que recrea el mundo fue el colaborador de Dios cuando el mundo fue creado al principio y que, en la obra de redención, Dios está tratando de recuperar algo que fue siempre suyo[2]
Lutero, el gran reformador, comentando Juan 1:3 dice: “Si Cristo no es el verdadero Dios engendrado del Padre en la eternidad y Creador de todas las criaturas, estamos perdidos. ¿Para qué me hubiera servido el sufrimiento y la muerte de Cristo si fuera un mero ser humano como vosotros y como yo? En tal caso, no hubiera vencido al diablo, a la muerte y al pecado por ser demasiado débil para lograrlo, y no nos hubiera ayudado en nada. Por el contrario, tenemos a un salvador que es el verdadero Dios y Señor del pecado, la muerte, el diablo y el infierno. Si permitimos que el demonio nos arranque esta convicción de su divinidad, entonces sus sufrimientos, resurrección y muerte no nos aprovecharán en nada. Nos hallaremos privados de toda esperanza en la vida eterna y la salvación, es decir, seremos incapaces de consolarnos con las promesas de las Escrituras. Pero si hemos de ser salvados del poder y de los mortíferos asaltos del diablo, así como del pecado y de la muerte, es imperativo que dispongamos de una eterna posesión perfecta y sin defecto”.
Al ver que el Verbo eterno, el Creador omnipotente, fue el que murió en la cruz para darnos salvación, comprendemos que nuestra miseria era profunda y nuestro pecado inmenso. El rescate por nuestras maldades no pudo ser pagado por arcángeles o patriarcas, sino por el Dios-Verbo-Creador. ¡Qué gran Salvador tiene el cristiano! Solo Jesús, el Verbo-Creador, puede garantizar una salvación eterna, un nuevo cielo y una nueva tierra donde morará la justicia.
Tenemos a un Salvador que es superior a cualquier criatura, espiritual o material, por lo tanto, él puede garantizar que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni los demonios, ni Satanás, ni el infierno, ni la muerte, ni el hombre; nada podrá dañarnos porque el Dios-hombre, el Verbo-Creador, venció a Satanás, lo ató con el poder de Su fuerza y nos librará de todos los enemigos de nuestra alma. ¡Cuánto gozo debe experimentar el alma que ha confiado humildemente en este Salvador! Así nuestra fe sea muy débil y tambaleante, si hemos creído en el Verbo, nuestra salvación es segura.
Juan capítulo 1 verso 3 destroza por completo la doctrina de  la evolución; cualquiera que se identifica con esta teoría rechaza al Verbo de Dios que creó todas las cosas con el poder de su fuerza, de la nada; y sólo le espera la condenación eterna. Varios teólogos creen que el mundo fue hecho por Dios utilizando las fuerzas de la evolución, pero esto es una locura, pues, nos tocaría entonces pensar que los ángeles también fueron producto de esta fuerza ¿en qué momento la materia evolucionó para convertirse en espíritu? ¿Podrá decir un cristiano que Jesús es descendiente de un mono? Algunos científicos que se identifican con el creacionismo, es decir, que el mundo fue producto de una creación inteligente y no de la evolución; no se atreven a afirmar que el Creador es Jesús; los tales, aunque están cerca de la verdad, necesitan confesar lo que enseña Juan, el Verbo creó todas las cosas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. ¡Jesús es el Creador!, ¡que lo oiga toda la tierra!
Amigo, ¿Has visto quién es Jesús? ¿Qué harás con él? No puedes permanecer neutral ante Aquel por quien fuiste creado y por quien tu vida se sustenta. ¿Lo adorarás como Dios y lo reconocerás como tu Salvador? Quiera el Espíritu Santo abrir tu corazón para que lo puedas ver como Creador y Salvador, porque si no lo miras así morirás en tus pecados. Él dijo: “Porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:24). 



[1]Ryle, J. C. Meditaciones sobre los Evangelios: Juan 1-6. Páginas 33-34.
[2]Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Pág. 379

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