Judas 14 y 15. El día del juicio vendrá

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El día del juicio vendrá
Judas 14-15
En esta serie de predicaciones basadas en el libro de Judas hemos podido ver que la falsa doctrina, con su consecuente práctica impía y pecaminosa, ha permeado a la iglesia desde sus inicios. Hemos visto que los falsos profetas o falsos maestros introducen sus doctrinas tergiversadas de una manera encubierta o camuflada (v. 4), lo cual produce grandes estragos en el pueblo de Dios debido a que, en un principio, pareciera ser la misma doctrina cristiana. Pero realmente es doctrina nociva porque mezcla la verdad con la mentira.
Judas dijo que la doctrina bíblica o la fe ha sido una vez dada a los santos (v. 3) y es en esta doctrina en la cual la iglesia debe mantenerse firme. Pero la realidad, desde los tiempos de Judas, es que los hombres no soportan mantenerse firmes en la doctrina bíblica, sino que ansían una doctrina más humanista y acorde con los deseos pecaminosos de cada generación. Es por eso que el apóstol Pablo le dice a Timoteo que “vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Tim. 4:3-4). En la media que los tiempos avanzan la situación no mejora, sino que empeora, el hombre cada vez se centra más en sí mismo, y prefiere una religión cristiana que tenga como fin la satisfacción de sus deseos humanistas más profundos, y no les requiera obediencia absoluta a mandamientos y principios absolutos del Dios Santo.
Jesús mismo predijo que en la medida que la humanidad se acerca al final de los tiempos surgirán falsos profetas en medio de la iglesia, los cuales confundirían a las gentes con su elocuente palabrería y supuestos actos milagrosos: “Mirad que nadie os engañe… Y muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos… Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos (Mt. 24:4, 11).
Pedro, el apóstol, también predijo que los últimos tiempos estarían caracterizados por el surgimiento abundante de falsos maestros o falsos profetas: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aún negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas.” (2 Ped. 2:1-3).
Asimismo, Juan, en el Apocalipsis, presenta la historia final de este mundo presente como caracterizada por la presencia de las falsas doctrinas y falsos profetas, los cuales tienen la facultad de hacer señales y obras milagrosas, con las cuales engañarán a la mayoría de las personas. Juan nos deja ver que en la historia de la iglesia, siempre la mayoría de las personas preferirán seguir la falsedad en vez de la verdad bíblica: “También hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia…” (Apo. 13:13-14). La fuerza de esta imagen presentada por Juan y el propósito de prevenir a la iglesia de no seguir a los falsos profetas que surgirán con más fuerza al final de la historia humana, ha sido opacada por las interpretaciones pre-mileniales y dispensacionales de la iglesia de este tiempo. Pero Juan está advirtiendo a los creyentes de no ser tan ingenuos de pensar que todos los que hacen milagros en nombre de Cristo, realmente son profetas o ministros enviados por él. Muchos falsos ministros podrán hacer milagros, pero el fin que ellos tienen no es glorificar a Cristo, sino a sí mismos, a la vanidad humana, y en últimas, al mismo Satanás, quien los dirige con sus astucias.
Desde los tiempos de Judas, y aún desde el Antiguo Testamento, la falsa doctrina, enseñada por falsos maestros, que pueden hacer milagros y señales, ha estado presente entre el pueblo de Dios:
– Moisés advirtió de los falsos profetas (que son falsos no porque no puedan hacer cosas portentosas, sino porque ellos enseñan doctrinas erróneas) que declarar o pronostican cosas, y estas se cumplen, pero están enseñando doctrinas no bíblicas, los cuales deben ser evitados y considerados como una plaga peligrosa para la Iglesia: “Cuando se levantare en medio de ti profeta, o soñador de sueños, y te anunciare señal o prodigios, y si se cumpliere la señal o prodigio que él te anunció, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y sirvámosle, no darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma” (Deut. 13:1-3). El Señor permitió que muchos falsos profetas hicieran milagros y señales, e incluso que algunas de sus profecías se cumplieran, pero esto no era más que una prueba, para que los miembros de su pueblo se dieran cuenta qué tanto amaban a Dios y a su palabra revelada. Estos profetas, luego de ganar la confianza y la credibilidad del pueblo, empezaron a enseñar doctrinas que se salían del tenor de las Escrituras, y tergiversaban la verdadera doctrina de Dios, y se centraban más y más en el hombre, de manera que ellos, al enseñar cosas falsas acerca de Dios, estaban creando su propio dios. Pero esto solo fue característico de la época del Antiguo Testamento, sino que también se está presentando hoy. Muchos hombres o ministros evangélicos están conduciendo a la iglesia a volverse materialista, humanista y centrada en la gloria humana, a través de sus supuestos o reales milagros, los cuales no certifican que Dios está aprobando su enseñanza, sino que está mostrando a los hombres quiénes realmente le siguen por amor, y quienes por puro interés.
– En toda la historia del Antiguo Testamento los verdaderos profetas tuvieron que denunciar a los falsos, los que entraban sigilosamente y engañaban al pueblo de Dios, causando destrucción espiritual. Estos falsos profetas, que pasaban por verdaderos siervos de Dios, se especializaron en hablar a la gente lo que ellos querían oír, conforme a sus deseos materialistas y humanistas: “Porque este pueblo es rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quisieron oír la ley de Jehová; que dicen a los videntes: No veáis; y a los profetas: no nos profeticéis lo recto, decidnos cosas halagüeñas, protetizad mentiras; dejad el camino, apartaos de la senda, quitad de nuestra presencia al Santo de Israel” (Is. 30:9-11). Una de las doctrinas que primero atacan, tanto los falsos profetas como el pueblo que sigue la doctrina errada, es la doctrina de la santidad de Dios.
– En tiempos de Jeremías los falsos profetas abundaron por doquier, al parecer solo él se mantuvo fiel a las Sagradas Escrituras, el resto de profetas engañaban al pueblo prometiéndoles bendición, paz y prosperidad, a pesar de que no había un arrepentimiento verdadero. A cambio de ofrendas y dinero, estos falsos profetas llenaban los lugares de culto con centenares de ingenuos creyentes para hablarles cosas agradables a sus oídos. Ellos les hablaban del Dios de amor y riquezas, que dará bendición a sus hijos, así no haya una verdadera conversión y arrepentimiento, de manera que Dios dice: “No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas, hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová. Dicen atrevidamente a los que me irritan: Jehová dijo: Paz tendréis; y a cualquiera que anda tras la obstinación de su corazón, dicen: No vendrá mal sobre vosotros” (Jer. 23:16-17).
– La iglesia primitiva, en el siglo primero de nuestra era, tuvo que luchar seriamente en contra de los falsos maestros que enseñaban las doctrinas gnósticas dentro de las iglesias. Muchos corrieron detrás de estas falsas doctrinas. Luego, en los siglos siguientes surgieron diferentes falsos profetas: Arrio (Siglo IV), enseñando que Jesús era un ser creado. Su falsa doctrina alcanzó a afectar a un alto porcentaje de cristianos en su tiempo. Montano (siglo II), quien enseñaba que había empezado la era del Espíritu Santo o de un nuevo pentecostés, y al lado de las profetisas Prisca y Maximila, daban profecías, al estilo del tiempo en el cual se estaban escribiendo las Sagradas Escrituras, y anunciaron el inminente fin del mundo y el regreso de Jesús estableciendo una nueva Jerusalén en un lugar determinado por ellos. Esta falsa doctrina del montanismo invadió a un buen número de iglesias orientales. Junto con ellos, la historia nos muestra a numerosos falsos maestros que inundaron a la iglesia de los primeros siglos, hasta que la iglesia perdió su pureza y esta llegó a convertirse en un gran centro de negocios y mercadería en todo lo que sería la Edad Media. Pero luego de la reforma surgieron nuevos falsos profetas dentro de la iglesia evangélica: unos maestros enseñaban la poligamia, otros el legalismo, otros el racionalismo teológico, otros negaron la divinidad de Jesús, otros cuestionaron los milagros en la Biblia y trataron de desmitificar a las Sagradas Escrituras quitando lo que sonaba a sobrenatural o mitológico en ellas, otros se volvieron liberales y enseñaron que la Biblia no es palabra inspirada, que algunas de sus partes no son verdaderas, otros enseñaron que los sacramentos no son necesarios, otros que Cristo no regresará, que él realmente no murió en una cruz y que tampoco resucitó, otros falsos maestros enseñaron que el cielo y el infierno no son lugares a donde irán las personas a pasar la eternidad, otros enseñaron que las almas condenadas no sufrirán para siempre en el infierno sino que serán aniquiladas, otros enseñaron que los cristianos pueden pecar a su antojo y ellos serán salvos, otros enseñaron que además de las Sagradas Escrituras podemos confiar en las revelaciones que algunas personas están recibiendo directamente de Dios, otros enseñaron que la obra de Cristo en la cruz no tiene como fin especial reconciliarnos con Dios y darnos la libre entrada a su presencia en los cielos, sino que tiene como propósito el que construyamos un cielo en la tierra, y que ahora mismo podemos disfrutar de manera plena de la glorificación de nuestros cuerpos y tenemos en nosotros el poder para hacer que nuestros cuerpos no se enfermen nunca, otros dijeron que nosotros somos como pequeños dioses que tenemos poder en lo que hablamos para traer a la realidad cosas que no existen, otros enseñaron que el evangelio nos fue dado para que seamos ricos y tengamos muchas posesiones; en fin, no terminaría de escribir en un libro completo todas las falsas doctrinas que durante siglos han entrado y dañado a los cristianos.
¿No es esto abrumador? ¿No nos deja esto una sensación de frustración, tristeza y angustia al ver cómo los falsos profetas han hecho y siguen haciendo de las suyas? ¿No nos deja esta realidad con un sentimiento de impotencia? ¿Por qué Dios no destruye a los falsos profetas e impide que las doctrinas erróneas ingresen a la Iglesia? ¿Por qué pareciera que la falsedad avanza con más fuerza dentro de la iglesia cristiana? ¿Por qué si la Iglesia es de Cristo, y él la cuida, permite que los falsos pastores hagan de las suyas, y aparentemente prosperen en medio de su impiedad?
Es muy posible que los lectores de la carta de Judas estuvieran haciéndose estas preguntas, y Judas como buen pastor bíblico, les ofrece un consuelo en los versos 14 al 16, afirmando, a través de una profecía del patriarca Enoc, que el día del juicio vendrá con total seguridad sobre todos los impíos, incluyendo a los falsos profetas. Ellos podrán estar confiados ahora, y seguir en su deseo de hacer daño a la iglesia, estafando a través de la fe, pero el juicio sobre ellos se acerca.
Analicemos brevemente estos versos, conforme a la estructura natural que nos presenta el pasaje:
1. Es un juicio seguro
2. Es un juicio total o universal
3. Es un juicio contra la impiedad
4. Es un juicio basado en la verdad
1. Es un juicio seguro. “De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí vino el Señor con sus santas decenas de millares para hacer juicio…” (v. 14).
Judas consuela a la iglesia que llora, sufre y se angustia al ver cómo los falsos profetas invaden a la cristiandad, afirmando que las cosas no se quedarán así. Que Dios vindicará su causa y hará un juicio condenatorio sobre los impíos. Para afirmar esto, aunque pudo haber utilizado muchas profecías del Antiguo Testamento, nuestro autor acude a una profecía o proclamación que hiciera el patriarca Enoc, aunque no aparece en ninguno de los libros canónicos del Antiguo Testamento. Si bien es cierto que la profecía fue tomada de un libro apócrifo, la verdad es que esta porción, una vez fue incluida por Judas en su carta, se convirtió en Escritura inspirada. No que todo el libro apócrifo de las profecías de Enoc sea inspirado, sino que solo esta parte, por el hecho de haber sido considera por Judas en su carta, se convierte en inspirada.
Es muy probable que Judas haya utilizado esta profecía de Enoc, debido a tres razones fundamentales: Primero, al parecer en el siglo primero este libro era muy apreciado por los judíos y muchos tenían conocimiento de estas profecías, de manera que para los lectores iba a ser fácil entender el juicio a que se refería Judas. Segundo, es muy probable que los falsos profetas, los cuales estaban diciendo que recibían sueños y nuevas revelaciones de parte de Dios, también estuvieran familiarizados con la literatura mística de su tiempo, siendo para ellos conocido el contenido de las “profecías de Enoc” y tal vez lo recibían como literatura apta para sus fines dañinos. De manera que Judas utiliza su propia literatura para anunciarles que sobre ellos vendrá un terrible juicio. Tercero, al parecer el contenido de la profecía que Judas cita en su carta se había transmitido en forma oral de una generación a otra, y posiblemente fue una proclamación que realmente hiciera Enoc en su tiempo, lo cual le daba gran honorabilidad y respeto debido a lo antiguo del mensaje. La expresión séptimo desde Adán, quiere decir que este Enoc no es el hijo de Caín (Gén. 4:17), sino el descendiente de Set, el cual es ubicado en la séptima generación, contando desde Adán (Gén. 5:1-23). Enoc fue considerado un gran hombre de Dios, debido a que la Biblia dice que caminó con él (Gén. 5:24) y fue traspuesto a los cielos.
De manera que Judas acude a esta antigua declaración para mostrarle a la iglesia bíblica, que aunque ahora somos pocos, y estamos siendo despreciados por los falsos profetas y las multitudes que siguen sus nefastas doctrinas, no obstante un día veremos como Dios nos exalta y como derrama sus juicios sobre los que pervierten la fe.
Y que este es un juicio cierto se deja ver al inicio de la profecía: “He aquí, vino el Señor”. Es decir, aunque habrá un juicio final y definitivo, ya Dios está obrando y avanzando todas las cosas para la llegada de ese juicio. Muchos de sus juicios ya están derramándose sobre los impíos, aunque esto sea solo un adelanto del gran juicio final. Este juicio será obrado por el Señor, pero utilizará a millares de ángeles, los cuales están prestos para ejecutar los castigos divinos. “De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mt. 13:40-42). También Pablo consoló a los verdaderos creyentes que sufrían a causa de las persecuciones y tribulaciones de este mundo impío, diciéndoles: “Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 1:6-8).
2. Es un juicio total o universal. “…para hacer juicio contra todos” (v. 15).
Nadie quedará excluido de este juicio. Así algunos se engañen con la vanas imaginaciones de su mentes, pensando que Dios enviará sus juicios sobre otros, pero no sobre ellos; como si en ese día ellos pudieran encontrar alguna justificación que presentar ante Dios y de esa manera quedar libres, pero la verdad es lo contrario. Todos los impíos, todos los que rechazaron a Jesús, todos los que pervirtieron el Evangelio de Jesús, todos los que siguieron a los falsos profetas, serán juzgados por el Juez de toda la tierra. La posición social, eclesiástica o económica no valdrá de nada. “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios, y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos…” (Ap. 20:12).
Nadie podrá esconderse del Juez Universal y Supremo. Él conoce todas las obras que cada uno hizo: “Porque los caminos del hombre están ante los ojos de Jehová, y él considera todas sus veredas” (Prov. 5:21). “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Prov. 15:3). Aunque algunos líderes religiosos falsos se encubren en el poder de sus denominaciones o mega-iglesias, o en su poderío económico y fama mundial, Dios no se deja deslumbrar por la gloria humana, y ellos también serán encontrados por la justicia divina y la sangre de todos los que fueron condenados por creer en el evangelio erróneo que ellos predicaban caerá sobre ellos. Estos malos hombres creen que la destrucción nunca vendrá sobre ellos, y son como los impíos mencionados en el Salmo 10, los cuales dicen en su corazón “No seré movido jamás; nunca me alcanzará el infortunio” (v. 6), o, “Dios ha olvidado; ha encubierto su rostro; nunca lo verá” (v. 11).
Los impíos no solo rechazan a Dios en sus caminos, sino que hablan insolentemente en contra de él y Su palabra. Cuando algunos son reprendidos a causa de sus pecados, entonces usan las Sagradas Escrituras para justificar su impiedad. Recuerdo de un líder cristiano en determinada región de Colombia el cual expresó que no tenía problemas en recibir dineros o “diezmos” de los narcotraficantes o paramilitares, pues, la Biblia decía que las riquezas de los impíos serían para los justos. Esta es una manera blasfema de usar la Palabra, lo cual redundará en su propia condenación. Muchos impíos, cuando son amonestados, cuestionan a Dios y ellos lanzan ofensas contra el Creador y hasta llegan a afirmar que no temen a la ira de Dios. Pero todas estas palabras serán tomadas en cuenta en el día del juicio, y muchos lamentarán en aquel día por haberse expresado así: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mt. 24:30). Los teólogos liberales, aquellos que pervertían el evangelio y hacían extraviar a la gente del camino, y los conducían a vivir en el pecado, negando muchas de las verdades Escriturales, ellos en ese gran día buscarán esconderse de la mirada escrutadora del juez de toda la tierra, pero no habrá para ellos ningún rincón oculto, sino que la Palabra de Dios, aquella contra la cual lucharon, tergiversándola y haciéndola decir lo que no decía, esa Palabra los condenará: “El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Jn. 12:48).
3. Es un juicio contra la impiedad. “y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (v. 15).
La impiedad consiste en vivir sin Dios, o vivir como si Dios no existiera. El impío dice en su corazón “no hay Dios” y por lo tanto “se han corrompido, hacen obras abominables” (Sal. 14:1). “El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos” (Sal. 10:4). El impío, que es falso profeta, cree que el Dios vengativo que ejecutará sus juicios sobre los que engañaban a su pueblo no existe. Que solo hay un Dios de amor, que al final les perdonará por sus fechorías y no les condenará. Pero el Dios Santo que se revela en las Sagradas Escrituras mira a los pecados como impiedades, porque son rebeldía delante de él. El impío no se preocupa nunca del juicio venidero porque, en últimas, ellos creen que Dios no existe, que es solo la invención del hombre primitivo y temeroso ante los fenómenos naturales y la grandeza del cosmos. Ellos creen que la religión es solo un medio de opresión y lucro personal, de manera que ahora se hacen pasar por religiosos, por muy espirituales e interesados en los asuntos bíblicos, pero ellos mismos no creen lo que la Biblia dice, y así viven desordenadamente y de manera hipócrita, sacando provecho de su posición privilegiada. Pero la ira de Dios los alcanzará repentinamente y no habrá para ellos misericordia.
Este pasaje también es una advertencia para todos los moralistas de nuestro tiempo. Ellos, aunque sean muy admirados por la sociedad y se les tenga como gente con una espiritualidad muy alta, si ellos no ponen su confianza solamente en Jesús, entonces son impíos, porque no tienen a Dios en sus vidas.
4. Es un juicio basado en la verdad. “para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos…” (v. 15).
Los impíos, los que viven como si Dios no existiera, todos ellos no solo serán juzgados sino que serán dejados convictos. Sobre todos ellos el veredicto del Gran Juez será: Culpable. Y entonces se escucharan los ¡Ay! y los lamentos, porque ya no habrá oportunidad para rectificar el mal causado. “Cuando venga el Señor, toda la verdad será revelada. Todo saldrá a la luz; todo engaño será descubierto y visto como lo que es. Uno de los mayores problemas de los pecadores es que nos engañamos a nosotros mismos. Detenemos la verdad (cf. Romanos 1:18). Una de nuestras estrategias favoritas para lograrlo es compararnos con otros. Aunque nuestra conciencia proclama nuestro pecado, apagamos su voz mirando a los demás y argumentando que no somos tan malos como ellos. Neciamente, por supuesto, olvidamos que ellos también son pecadores, por lo que nuestra comparación no significa nada. Es como el lodo diciendo que el barro está sucio. Es engañarse a sí mismo”[1].
En este mundo podemos engañar a los demás sobre nuestras intenciones, pero en ese día no podremos engañar al que todo lo escudriña. Somos muy hábiles para ocultar nuestro pecado y disfrazarlo de piedad, pero ese día todas las máscaras y vestidos legalistas serán quitados, y desnudos nos presentaremos ante el Gran Juez. Todos los culpables, los que no se refugiaron de todo corazón en Cristo, y todos los que no lo buscaron con sinceridad, buscando en él la salvación de sus almas, sino que vinieron a la iglesia por puro interés material, egocéntrico y humanista, todos ellos serán declarados culpables y la ira de Dios arderá para siempre sobre ellos.
Aplicaciones:
– Primero quiero dirigirme a las personas que aún no son cristianas. Que no han reconocido su necesidad de Jesucristo. Amigo y amiga, ¿Estás preparado para presentarte ante el juez de toda la tierra? ¿Estás preparado para presentarte ante aquel que juzga lo más profundo del corazón y ante aquel donde las cosas se presentan desnudas? ¿Estás preparado para ser escudriñado por aquel a quien no puedes engañar y que revisará cada una de tus obras, de tus pecados y de las malvadas intenciones de tu corazón? Ese sería un día de tormento y tribulación para todos los que no confiaron en Cristo Jesús, porque ellos no tendrán ninguna escapatoria, y cuando se vean perseguidos por la mirada escrutadora del Dios que se sienta en el Trono, tratarán de esconderse debajo de las piedras, querrán morir porque no soportan la ira de Dios, pero todo será en vano. “Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla, y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes, y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Ap. 6:14-17). Amigo, ¿estarás tú entre las personas que huyen despavoridas de la presencia de Dios, buscando refugio entre las peñas sin hallarlo? No es necesario que esto sea así. Muchas personas, en ese gran día, aunque también pecaron, no tendrán temor, porque habrá algo que realmente cubre sus pecados delante de los ojos de Dios, algo que es una cubierta protectora, la cual impide que la justicia divina reclame por esos pecados, esa coraza es la sangre de Cristo. Todos los que realmente confiaron en Cristo como su único medio de salvación, y vivieron sus vidas para él, consagrados a él enteramente, esos y solo esos, no tendrán temor en el día del juicio, porque la ira de Dios no se derramará sobre ellos, puesto que alguien ya recibió la ira por esos pecados y sufrió la condenación por nosotros: Jesús de Nazaret. En ese terrible día, todos los que creyeron en él, serán vistos como limpios y santos por la justicia divina, de manera que serán amados por el Padre y se les permitirá la entrada a la Eterna Ciudad donde para siempre se gozará de eterno bien. “Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del Trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno. Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Ap. 7:13-17).
– Ahora quiero dirigirme a los creyentes: hermano y hermana, tal vez has estado sufriendo por la causa de Cristo. De parte de tus familiares incrédulos es muy probable que recibas desprecios, ultrajes, vejaciones, improperios, y palabras ignominiosas; es muy probable que tus antiguas amistades hagan burla de ti, a causa de tu nueva fe; es probable que tus compañeros de trabajo hagan mofa de tu vida espiritual y te ridiculicen porque no participas más de sus malas acciones. Es probable que experimentes el sufrir por la causa de Cristo y tu corazón se angustie al ver cómo los malos prosperan, y las doctrinas erróneas corroen a buena parte de la cristiandad, de manera que ahora recibimos desprecios de los que se llaman cristianos y no se sujetan en todo a la Palabra. Pero quiero decirte que ahora nos toca sufrir, pero un día recibiremos la corona de victoria. Ahora nos toca pasar por un leve momento de tribulación, pero pronto, más rápido de lo que uno piensa, estaremos disfrutando de la dicha inmensa e inefable de gozar para siempre en la presencia del verdadero pastor que nos guiará a pastos verdes y aguas cristalinas. Muy pronto, estaremos en el regazo de nuestro amado Salvador, y él se encargará de aliviar para siempre nuestro dolor. Es Jesús, quien le dijo a su pequeño grupo de discípulos: “No temáis, manada pequeña, porque ha vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Luc. 12:32). “Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos (o cristianos), y no lo son, sino sinagoga (o iglesia) de Satanás. No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo, echará a algunos de vosotros en la cárcel (les causará gran dolor a través de sus hijos), para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días (por un poco de tiempo). Se fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida” (Ap. 2:9-11). No te aflijas en medio de las tribulaciones que te vienen por ser un creyente verdadero que te congregas en iglesias bíblicas, pronto el juicio del Señor vendrá sobre los malvados e impíos, y nosotros disfrutaremos del verdadero reposo que nos dará el Cordero que fue inmolado: “Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos y cada uno de vosotros abunda para con los demás; tanto, que nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios, por vuestra paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y tribulaciones que soportáis. Esto es demostración del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual asimismo padecéis. Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder” ( 2 Tim. 1:3-7).



[1] Benton, John. La contienda por la fe. El mensaje de Judas. Página 136 

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