Judas 16. El camino para convertirse en un falso profeta

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El camino para convertirse en un falso profeta
Judas 16
Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho” Judas 16.
Introducción:
Los grandes delincuentes que hoy día se encuentran en las cárceles del mundo, o los que aún andan libres cometiendo sus fechorías, no nacieron como ladrones, estafadores o narcotraficantes. Si nacieron con una naturaleza caída y depravada, al igual que el resto de personas en el mundo, y obviamente, nacieron con una inclinación “natural” al pecado, no obstante, un experto ladrón tuvo que recorrer cierto camino para convertirse en tal. Por ejemplo, siendo aún muy niño, cuando llegaba a casa y portaba un lápiz o un objeto que su madre sabía plenamente que no le pertenecía, ella no le reprendía y no lo obligaba a devolver dicho objeto, sino que ignoraba el asunto. Allí inició, probablemente, el camino para llegar a convertirse en un ladrón profesional.
Los falsos profetas, los falsos maestros, los falsos apóstoles, los faltos pastores, también son delincuentes que no solo hacen daño físico y material a las personas que engañan, sino que los conducen a la muerte eterna. Si pudiéramos establecer una taxonomía de gravedades en las diferentes formas de delincuencia, tendríamos en la categoría más peligrosa y nociva a los falsos profetas.
Pero, así como los delincuentes recorren un camino para llegar a ser tales, de la misma manera los falsos maestros cristianos tienen su propio caminar. Ellos llegaron a ser tales, dando pasos que los condujeron a apostatar de la fe y convertirse en personas peligrosas para la iglesia.
Analicemos hoy con nuestro pastor Judas cuál es el camino que puede conducirnos a convertirnos en personas peligrosas para la iglesia.
1. El camino de la murmuración
2. El camino del amor propio (egolatría)
3. El camino de la presunción o arrogancia
4. El camino de la manipulación
1. El camino de la murmuración. “Estos son murmuradores, querellosos…
Hay una crítica que es sana y necesaria para que la iglesia cada día mejore, ajustándose a los principios bíblicos. Por ejemplo, si una iglesia deja de guardar el día del Señor y lo cambia por dos horas de culto el día Lunes o Jueves, permitiendo que los creyentes conviertan el domingo en el día de paseo o trabajo, entonces es necesario que los miembros conocedores de la Palabra de Dios, y otros pastores de iglesias evangélicas dialoguen con los pastores y les hagan ver el error terrible que cometen. Si los líderes de una iglesia cristiana adoptan prácticas o doctrinas que evidentemente están en contra de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, entonces es necesario que los miembros conocedores de la Biblia hagan ver el error en el cual se encuentran sus líderes.
Esta crítica debe hacerse en el espíritu correcto, con humildad, y siempre buscando la Gloria de Dios.
Pero hay una clase de crítica que no procede de este espíritu humilde e interesado en el crecimiento de la Iglesia y la implantación de la doctrina bíblica, sino que es resultado de un espíritu hipercrítico perverso que tiene como fin socavar la confianza de los creyentes en los ministros o en la Palabra de Dios, para que la empiecen a depositar en ellos. Estas personas hipercríticas por lo general se “lamentan de la suerte[1]que les ha tocado” y tratan de obtener una posición mediante la descalificación de los ministros y sembrando desconfianza en las doctrinas bíblicas.
El camino para convertirse en un falso líder empieza por la constante murmuración y la crítica mordaz. Estos falsos maestros de que habla Judas empezaron criticando todo lo que hacían los ministros ordenados y cuestionando cómo aplicaban ellos la Palabra de Dios a la iglesia.
Obviamente toda iglesia local tiene imperfecciones. Mientras estemos en esta tierra estamos sujetos al error. Esto no significa que los pastores van a tolerar de manera consciente el error y se acomodarán a vivir con él como algo normal; de ninguna manera. Cuando un hermano de la iglesia, u otro pastor, nos hace ver, por la Palabra de Dios, que estamos en un error, entonces estudiamos qué enseña la Biblia al respecto y si realmente no estamos creyendo o haciendo lo que Dios manda, entonces abandonamos el error.
Pero, hay personas que constantemente están criticando todo lo que la Iglesia y los ministros predican o hacen. Ellos se dedican a buscar todo lo que le hace falta a la iglesia, las debilidades de los ministros, las falencias en el culto, la falta de amor, la falta de unidad, entre otros. Es verdad que las iglesias locales necesitan crecer más en estas cosas, y es verdad que los pastores necesitan crecer más en amor y humildad, pero cuando nosotros vemos esto, no debemos convertirlo en una oportunidad para murmurar solapadamente y hacer daño, sino que damos gracias a Dios por la Iglesia, por los pastores, oramos por ellos, y luego hablamos directamente con ellos y, con humildad, les mostramos la falta.
Debemos alejarnos de aquellas personas que toman por costumbre el estar hablando a espaldas de los demás, pues, allí está el germen del alejamiento de la doctrina sana. Si queremos corregir las faltas de alguien, entonces no debemos ir donde otras personas para hablar de estos pecados, sino que vamos directamente a las personas y les exponemos nuestra apreciación. Debemos imitar a la familia de Cloé en Corinto. Ellos se percataron de algunas doctrinas y prácticas erróneas que se estaban dando en la Iglesia local, de manera que  piden ayuda al apóstol Pablo para que, como apóstol fundador y autoridad espiritual de la misma, corrija lo que anda mal. Pero ellos no actuaron como aquellos creyentes murmuradores que se quejan de todo, que, a espaldas, se quejan de la falta de amor de los pastores. Sino que ellos autorizan al apóstol para que diga públicamente que la familia de Cloé fue la que les comentó sobre estas faltas de la iglesia: “Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contienda” (1 Cor. 1:11). Aquí Pablo nos presenta un principio que todos debiéramos tener en cuenta a la hora de hablar sobre las debilidades, pecados o falencias de los demás: No digamos nada de nadie que no podamos decirlo delante de él.
Y si tengo algo que decir, pero no me atrevo a decirlo a la persona misma, entonces digámoslo a Dios en oración, pero no a otras personas, porque eso sería murmuración.
Cuando nos volvemos murmuradores, criticones y quejumbrosos, entonces nuestro corazón se va tornando duro, insensible y estará dispuesto para luego criticar, cuestionar y quejarse de los mandamientos de la Palabra de Dios.
Algunos de los falsos profetas que predican en muchas iglesias hoy, están enseñando doctrinas erróneas y aprueban cosas que Dios, de manera clara, ha prohibido. Pero ¿Cómo llegaron a ese estado? Empezaron quejándose de la radicalidad de la Palabra de Dios, criticaron la predicación fiel de algunos ministros y los miraban como fanáticos, radicales, ultra-ortodoxos.  Hoy día estos quejumbrosos están cuestionando muchas de las doctrinas bíblicas y se han ido tras la falsedad: enseñando fábulas y mentiras, como si fueran palabra de Dios. Ellos eran de los que decían: ¿Por qué un Dios de amor no predestinó a todos los hombres para salvación? ¿Cómo es posible que un Dios bueno envíe calamidades sobre los hombres? ¿Un Dios misericordioso podrá condenar a los hombres para siempre en el sufrimiento del infierno? ¿Por qué un Dios Todopoderoso y benévolo permite las guerras y el sufrimiento? ¿Si ahora estamos en el tiempo de la gracia, entonces para qué debemos conocer y obedecer los pesados mandamientos de la antigua Ley de Dios? ¿Acaso no somos libres para andar en nuestro camino? Ellos empezaron cuestionando y murmurando en contra de la Soberanía de Dios, su justicia, su santidad, su ira y ahora predican de un dios totalmente distinto al que se ha revelado en las Sagradas Escrituras.
2. El camino del amor propio (egolatría). “…que andan según sus propios deseos.
 Estas personas son quejumbrosas e insatisfechas con la doctrina y el ministerio de la iglesia, porque ellos buscan su propia gloria, y todo lo que vaya en contra de ese propósito es cuestionado. Estos se quejan, especialmente, cuando la enseñanza de la Palabra les confronta con sus pecados e inclinaciones malvadas, y dejan ver que la iglesia perfecta es aquella que puede amoldarse a su egoísmo y egolatría natural.
Esta gente “se queja a otros queriendo dar a entender que ellos harían mejor las cosas, que tienen la respuesta. Y así ganan adeptos que escuchen sus herejías, cuando lo que tienen en mente es conseguir poder para ellos mismos en la iglesia. No desean ser siervos; desean ser señores. No ven a la iglesia en primer y principal lugar como Iglesia de Cristo. La ven como algo que pueden utilizar para su propia gratificación”[2].
Ellos tienen sus propios deseos, pero estos son malos. Simon Kistemaker traduce este texto así: “Estos de todo se quejan y todo lo critican; siguen sus propios malos deseos; hablan con arrogancia y adulan a los demás para sacar provecho[3]. Ellos no desean lo que Dios desea, sino que anhelan con vehemencia todo lo que les ayude a su propia gloria. Ellos no están trabajando para la extensión del Reino de Dios sino en el fortalecimiento de su propio reino.
3. El camino de la presunción o arrogancia. “…cuya boca habla cosas infladas”.
Otro eslabón más para llegar a ser un falso profeta consiste en la auto-exaltación. Los falsos profetas y los falsos apóstoles por lo general son personas especialistas en el discurso populista lleno de fanfarronerías. Se habla más de sí mismo que de la obra de Dios. Se habla más de las personas convertidas bajo su ministerio, de las iglesias que ha plantado, de los libros que ha escrito, de las sanaciones que hizo, y así, presumen de muchas cosas que ellos hicieron, pero poco se habla de Cristo. “Los carteles que anuncian sus campañas dicen mucho más acerca de ellos y de su nombre que del nombre de Jesucristo. La presunción es siempre una señal de un falso maestro. Cuando Pablo se enfrentó a esos hombres en su segunda carta a los Corintios, las únicas cosas que menciona de sí mismo no eran sus éxitos, sino sus debilidades y sufrimientos”[4].
Simón Kistemaker traduce esta frase así: “Y sus bocas hablan palabras orgullosas[5]. Él dice “hablan con una arrogancia que no pueden confirmar. Hacen comentarios jactanciosos que son vacíos, sin sustancia ni sustento”[6].
Los falsos profetas empiezan contando un testimonio de algo que realmente les sucedió. Tal vez recibieron del Señor una gracia especial que les sanó de una enfermedad, tal vez fueron auxiliados por la gracia divina en un momento de gran necesidad económica. Al principio el testimonio es bastante fiel a los hechos reales, y cuando ellos ven que la gente empieza a escucharles y se interesan por su testimonio, y que su fama crece y algunos “se convierten” a causa de su testimonio, y recibe invitaciones de otras iglesias, entonces, va añadiendo pequeñas cosas a su testimonio, que obviamente no son reales, pero que le dan más altura e impacto a su “predicación”. Con el tiempo terminan armando toda una fábula, llena de fantasías y cosas extraordinarias con el fin de atrapar a los oyentes y dar la apariencia de que es un hombre que recibe el poder de Dios de una manera especial. Ellos son como dice Pedro: “Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error” (2 Ped. 2:18).
Particularmente tuve la oportunidad de escuchar a algunos predicadores de esta categoría mencionada por Judas, y cada vez que les escuchaba contar el testimonio de un milagro, me aterraba al ver cómo le iban agregando más fantasía. Pero lo repiten tanto, que terminan creyendo en sus mentes torcidas, que eso realmente sucedió. 
Puedo ver dos clases de presuntuosos hoy día, entre los falsos profetas: Primero, aquellos que hacen alarde de sus títulos académicos, de sus estudios teológicos y de todo el recorrido que hicieron por las más prestigiosas universidades del país y del extranjero. Estos se consideran el non plus ultra de nuestro tiempo. Más allá de ellos no hay posibilidad de encontrar la sabiduría. Miran con desprecio a los pastores que difícilmente pudieron terminar la secundaria y han realizado algunos cursos de instituto bíblico, y hacen alarde de sus conocimientos del griego y del hebreo. Preparan discursos que solo ellos pueden entender, donde hacen gala de su pedante y elevado vocabulario. (No estoy diciendo que estudiar teología sea algo errado, ni tampoco desprecio el estudio de las lenguas bíblicas. Todo pastor y predicador debiera esforzarse por realizar cuánto estudio le sea posible hacer, especialmente en el conocimiento de la teología, las lenguas bíblicas, la hemernéutica, la exégesis, entre otros).
Por otro lado, encontramos a los falsos profetas, que ya no hacen alarde de títulos o estudios teológicos, porque es evidente que no los tienen, sino que alardean de sus títulos nobiliarios y fantasiosos en el mundo religioso: ellos hablan de sí mismos como los ungidos, los apóstoles, los patriarcas, los profetas de Jehová, en fin, los que traen la fresca revelación del Espíritu y han descubierto la palabra Rema que no fue revelada a ninguno de los santos y humildes hombres en la historia de la iglesia cristiana, que lleva más de 20 siglos de existencia, sino solo a ellos. Ellos dicen tener el evangelio completo, considerando con eso que los cristianos de los 20 siglos que le precedieron tuvieron un evangelio a medias. Estos dicen recibir revelación directamente del cielo, y constantemente afirman estar escuchando la voz audible de Dios, como algo diferente a las Sagradas Escrituras. Hablan a las personas diciéndoles que Dios les habló solo a ellos y les contó cosas que otros no saben. Estos falsos profetas se jactan de saber quién está enfermo entre la multitud de incautos que le siguen y también dicen saber con certeza a quién sanará Dios y a quién no. Pero esto no es más que las vanas imaginaciones de sus mentes, y ¿cuál es el fin de tanta arrogancia? Engañar a los ignorantes y débiles.
4. El camino de la manipulación. “… adulando a las personas para sacar provecho.
El camino para convertirse en un falso profeta puede empezar con la murmuración, las quejas, el estar inconforme con el sitio donde Dios nos ha puesto y tratar de ganar adeptos a través del desprestigio de los ministros y de las doctrinas bíblicas, luego sigue en este caminar el trazar un plan que persiga satisfacer las metas que ha trazado para mí mismo, es decir, buscar su propia gloria. El camino para ser un falso profeta continúa con la arrogancia, la cual se manifiesta en la forma cómo hablo de mí mismo: Doy muchos créditos y reconocimientos a mis logros y habilidades personales y de cómo he avanzado en la vida cristiana y de todos los milagros que puedo hacer. Pero todo esto tiene como fin obtener poder, autoridad, riquezas y la satisfacción de los deseos personales.
Judas llama a estos falsos profetas aduladores, y realmente esto es lo que ellos son. A pesar de que la Biblia nos advierte de no hacer acepción de personas, los falsos profetas se especializan en ser duros y exigir santidad a los más pobres, a los que ningún bien económico, político o social pueden dar; pero son lisonjeros, suaves como la seda y flexibles para con los pecados de los más ricos, de los más poderosos. Ellos actúan contrariamente a lo que enseñó Santiago: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre. Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?” (Santiago 2:1-4).
El término adulación que utiliza aquí Judas, significa textualmente “admirar rostros”. El camino para ser un falso profeta incluye la falsa admiración que mostramos hacia otras personas, solo con el fin de obtener réditos de ellos. 
Los falsos profetas siempre buscan sacar provecho de los demás. Balaam hizo amistad con el Rey Balac, y se fue en contra del pueblo de Dios, porque este malvado rey le ofreció dinero a cambio de dar unas profecías. Muchos falsos profetas hacen alarde de la capacidad que tienen de hacer milagros, de sus técnicas para recibir sanación, y de cómo el poder de Dios fluye con unción a través de ellos, con el fin de recibir los diezmos, ofrendas y “siembras” económicas de sus incautos seguidores. Ellos buscan solo el bienestar personal, a costa del sacrificio y el sufrimiento de los que escuchan sus falsas profecías. No hay diferencia entre ellos y los falsos profetas de la antigüedad que profetizaban a cambio de dinero: “Sus jefes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero; y se poyan en Jehová, diciendo: no está Jehová entre nosotros” (Miq. 3:11).
Aplicaciones:
– La murmuración fue uno de los pecados que más cometieron los israelitas en su transitar por el desierto. A raíz de estas murmuraciones Dios los condenó a vagar en las secas y áridas tierras alrededor de Cades-Barnea por cuarenta años, muriendo toda esa generación. La murmuración siempre ha estado presente en el pueblo de Dios, pero sigue siendo un gran pecado, el cual recibe los juicios divinos. Recordemos las causas de la murmuración para que trabajemos en la mortificación de nuestro pecado[7]:
1. El orgullo y el amor propio. Cuando los hombres son altivos y vanidosos, tienden a desatar tormentas cuando los otros no les dan el aprecio que ellos creen merecer. Un hombre orgulloso siempre está descontento porque ha puesto un alto valor a sí mismo, y cuando los demás no le reconocen ese alto precio, entonces hay problemas. En vez de tener un alto concepto de nosotros mismos, debiéramos decir “yo no soy digno”. Todas las bendiciones de Dios son pequeñas o insignificantes para  los que tienen un alto concepto de sí mismos. Nunca están satisfechos con las bendiciones de Dios. Hermanos, estemos agradecidos con Dios por sus santas leyes, por su mandatos, los cuales no son gravosos. Estemos agradecidos por su amor inmenso que tuvo para con nosotros, que mereciendo la muerte eterna, envió a su Hijo para dar su vida en rescate por la escoria que éramos nosotros.
2. La impaciencia. No podemos soportar el menor inconveniente para que se den las cosas que uno desea. Nos amamos tanto a nosotros mismos que murmuramos contra Dios y su providencia cuando las cosas tardan en venir. Cuando somos impacientes nos preguntamos ¿Porqué me tuvo que pasar este mal a mí? ¿Por qué debo esperar en el Señor por más tiempo? La falta de sujeción a la voluntad de Dios, nos conducirá a la impaciencia, y la impaciencia, a la murmuración. Esperemos pacientemente en Dios, y mientras sufrimos la ausencia de la bendición deseada, alabemos su fidelidad y sigamos esperado en él.
3. La presunción en los méritos. Los hombres son arrogantes cuando se atreven a prescribirle a Dios lo que quieren que él haga por ellos, y la forma cómo quiere que Dios lo haga. Todo es bienvenido para el que nada se merece, pero los que creen merecer algo de la gracia divina, entonces presumen de ellos mismos, y son atrevidos para con Dios. Si Dios nos quitara todos nuestros bienes, no estaría haciendo ningún mal, pues, nosotros no merecemos nada de su buena providencia. Si Dios nos redujera al mínimo sus bendiciones, no tendríamos razones para reclamarle, pues, aún sus pocas bendiciones, son muchas y muy altas para miserables pecadores. Si estamos en una prisión, es un favor inmenso que no estemos en el infierno. Un homicida estaría encantado que le redujeran la pena, y en vez de la muerte lo enviaron al exilio. Murmuramos cuando nos consideramos mas buenos o mejores que otros, y entonces creemos que Dios debiera darnos todo lo que le pedimos, pero cuando esto no viene, nos atrevemos a murmurar contra el Dios Soberano.
4. Un apego a las cosas de este mundo. Somos demasiado dados a los placeres carnales y amamos mucho las cosas materiales. En vez de estar contento con lo que tenemos, y de estar en la posición donde Dios nos ha puesto, nos quejamos contra él, y reclamamos que nos dé más para gastar en los deleites temporales. No amemos a las cosas de este mundo, las cuales son pasajeras. Anhelemos las cosas celestiales, las espirituales, pues ellas son de gran valor y su gloria no es perecedera.
5. Incredulidad y desconfianza. El pueblo de Israel murmuró muchas veces porque no creía en las promesas del Señor. Los hombres pelean contra la providencia divina porque no creen en sus promesas. Los israelitas no podían creer que el desierto era el camino que los conducía a la tierra que fluye leche y miel, que Dios corrige a los que ama. Y tan pronto como sienten el escozor de la mano correctora de Dios, murmuran contra él.
– Hermanos y amigos, tengamos cuidado de aquellos que hacen alarde de sí mismos, que hablan mucho de sus logros espirituales y académicos, que insisten en hablar de lo grande que es su iglesia o denominación, que mencionan más sus capacidades y logros que los logros y la gloria de Cristo. Estos son falsos profetas, o están camino a serlo. Un creyente bíblico, una iglesia bíblica, un pastor bíblico, siempre dará el reconocimiento de cualquier logro, a la gracia de Dios. Hermanos reformados, tengamos cuidado de actuar como un falso profeta al presentarnos arrogantemente como los únicos creyentes bíblicos, o los más aventajados doctrinalmente. Recuerda que solo por la Gracia de Dios hemos recibido una enseñanza doctrinal que se ajusta a los patrones bíblicos, solo por su gracia somos una iglesia que está trabajando en ser cada día más bíblica. Si no fuera por él, también estuviéramos en error, o en gran impureza doctrinal. No olvides las palabras de Pablo: “Porque ¿quién te distingue? ¿O que tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿Porqué te glorías como si no lo hubieras recibido?” 1 Cor. 4:7. Solo por la gracia de Dios tenemos un sistema doctrinal puro que se aferra a la Sola Escritura, pero esto no debe ser motivo para hablar con arrogancia y despreciar a los demás creyentes que están en iglesias cuya impureza es evidente. Debemos ser fieles en predicar la Palabra y el puro evangelio de Cristo, denunciando la falsa doctrina y a los falsos profetas, pero siempre teniendo en cuenta que si hoy estamos en una iglesia bíblica, es solo por Su gracia. Cuidemos nuestro corazón, no sea que estando en una posición doctrinal pura, nuestro corazón se vuelva arrogante y estemos empezando el camino de la falsedad espiritual. Cada día seamos humildes y busquemos la gracia de Dios para que así podamos permanecer firmes en la verdad, como dice Pablo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Cor. 10:12).
– Huyamos de las personas aduladoras, pues, siempre, siempre, tienen un fin malvado y egoísta en sus lisonjeras y falsas admiraciones. Pero también evita que en tu corazón nazca la adulación. Recuerda que las personas valen, no por los bienes, conocimientos, posición social o títulos que tengan, sino porque fueron hechas  la imagen de Dios. Debemos tratar con el mismo respeto a los grandes empresarios, hombres letrados y profesionales, y así mismo a los mendigos que visten ropas sucias en las calles de la ciudad. Cuando veamos que somos más afables con los que tienen algo para dar, y somos menos amigables con los que consideramos más pobres, entonces, es muy pero muy probable, que nuestro corazón esté caminando por la senda que nos conduce a la falsedad espiritual. Revisemos nuestro corazón y pidamos al Señor que nos libre de la adulación y las palabras lisonjeras.



[1] William Barclay, en su comentario a Judas, copia un retrato escrito de los quejumbrosos tomado de Teofrasto: “El quejumbroso es el que se pasa de quejarse indebidamente de su suerte en todos los casos. El quejumbroso le dirá al amigo que le trae una porción de su propia mesa: . Cuando su amante le está dando un beso, él dice: . Está disgustado con Zeus, no porque no le mande la lluvia, sino porque ha tardado algo en mandársela. Cuando se encuentra una billetera en la calle, se pone: . Cuando ha comprado un esclavo barato después de regatearle el precio al vendedor hasta agotarle, exclama: . Cuando le dan la buena noticia de que le ha nacido un niño, entonces es que: . Si gana un pleito mediante un veredicto unánime, está seguro de encontrarle faltas al que ha hecho su defensa por omitir muchas circunstancias que le eran favorables”. Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Página 1092
[2] Benton, John. La contienda por la fe. El mensaje de Judas. Página 139
[3] Kistemaker, Simon. 1 y 2 de Pedro y Judas. Página 327
[4] Benton, John. La contienda por la fe. El mensaje de Judas. Página 140
[5] Kistemaker, Simon. 1 y 2 de Pedro y Judas. Página 327
[6] Kistemaker, Simon. 1 y 2 de Pedro y Judas. Página 327
[7] Aquí sigo al comentarista Thomas Manton en la presentación de las causas de la murmuración. A practical Commentary, an exposition with notes on the Epistle Of Jude. Extraído de: http://www.newblehome.co.uk/manton/vol05/jude-16.htmlEn Mayo 13 de 2011. 

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