La gloria del Verbo testificada. Juan 1:6-13

Compartir
Un prólogo sublime. El Verbo: Desde Su eternidad hasta Palestina
Juan 1:1-18
La gloria del Verbo Testificada (6-13)
Aunque el cielo, la tierra y toda la creación dan testimonio de la existencia de un Creador; y todo ser humano solo con levantar la mirada puede exclamar “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1); no obstante, las cosas creadas no son una revelación suficiente para que el hombre pueda conocer la obra de Redención que Dios efectuó con el fin  de rescatarlo de las densas tinieblas de muerte en las que se hundió a causa de su propio pecado y malvada obstinación.
Para ello el Verbo se manifestó como Luz reveladora de la gracia de Dios a través de los profetas y escritores del Antiguo Testamento. Toda la profecía no era más que la revelación de Jesús, el Verbo o la Palabra de Dios. Él estuvo presente en medio de su pueblo antes de la encarnación, pues, él es eterno: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56); “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58).
Más, el Dios eterno, quien está interesado en revelarse salvadoramente al hombre muerto en sus delitos y pecados; envió a su Hijo eterno al mundo, en forma física y visible, para que mostrara al hombre de manera concreta quién es Dios, cuál es su plan de salvación y ofreciera el rescate por sus pecados. Pero, a pesar de que el Verbo se humanó, y Dios caminó en medio de los hombres de manera visible, mostrando a través de sus obras su gran amor y misericordia; la constante del hombre pecador fue rechazar esta Luz redentora.
Por tal razón, a Dios, quien es tan misericordioso y compasivo para con el ser humano, le plació no sólo enviar al Verbo encarnado a la tierra, sino que se valió del testimonio de muchos para preparar el corazón de Su pueblo y recibirlo como el Salvador y el Dios-hombre que irradiaría la luz espiritual, la cual sacaría al ser humano del estado de muerte en que se encontraba, dándole la vida plena y abundante, que es la comunión eterna con Dios.
Hoy Juan nos llevará a ver cómo la multiforme gracia del Señor lo preparó todo para que el hombre tuviera más facilidad en ver la Salvación y el rescate de su alma a través de la obra Redentora de Cristo. Hoy veremos cómo Dios, al revelar su Evangelio, se valió de todo lo necesario para que nadie tuviese excusas delante de su presencia, en caso de que rechace el plan de Salvación efectuado por Jesucristo: La gloria del Verbo fue testificada.
Para una mejor comprensión de estos pasajes lo estructuraremos de la siguiente manera:
a. Portavoz del testimonio
b. El rechazo del testimonio
c. La aceptación del testimonio
Iniciemos con nuestro primer aspecto:
a. Portavoz del testimonio. “Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”.
Como dijimos en un sermón anterior, el apóstol Juan, en su prólogo o introducción, adelanta los grandes temas que desarrollará en Su Evangelio, y eso es lo que hace en esta sección. Juan nos dirá que Jesús no se quedó sin testimonio. Si alguien lo rechaza, el resultado será muerte eterna, pero este rechazo será en contra de todos los testigos o testimonios fehacientes que Dios dio  a la humanidad para que supieran con certeza que Jesús es el único medio de Salvación.
Para Juan, en su evangelio, el testimonio o los testigos que certifican quién es Cristo, es de trascendental importancia. Y debió ser así, pues, la Biblia misma había enseñado que para certificar algo era necesario contar con la aprobación de dos o tres testigos: “No se tomará en cuenta un solo testigo contra ninguno en cualquier delito ni el cualquier pecado, en relación con cualquiera ofensa cometida. Solo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación” (Deut. 19:15). También Pablo recoge este precepto antiguo-testamentario y lo trae a la Iglesia: “Por boca de dos o tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Cor. 13:1). Juan mismo registrará las palabras de Cristo cuando dice: “Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero” (8:17).
“Los testimonios son necesarios para establecer la veracidad de cualquier hecho. Nosotros aceptamos el testimonio de testigos creíbles, especialmente cuando muchos de ellos coinciden o están de acuerdo. Este es un principio para todo sistema legal. Cuando se dan testimonios creíbles respecto a algo, nosotros estamos moralmente obligados a aceptarlo como una verdad. Esto es exactamente lo que nosotros encontramos en el Evangelio de Juan. Juan nos presenta a muchos testigos de Cristo, lo cual busca constreñirnos para que creamos”[1].
Por lo tanto, Dios, quien no necesita del testimonio extra para certificar que Jesús es lo que dijo ser, movido por la compasión hacia el hombre, actuó como si fuera hombre falible y se valió de varios testimonios para autenticar el Evangelio de salvación; aunque él no necesitaba del testimonio del hombre, se valió del testimonio del más grande que existió en su época: “Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la Verdad. Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno; mas digo esto, para que vosotros seáis salvos” (Juan 5:33-34).
El testimonio respecto a Cristo busca la salvación de los hombres, y siendo que el propósito de Juan en su evangelio es que sus lectores crean en Cristo y así sean salvos, buscará testimonios para convencer al hombre pecador de su necesidad de Cristo como el único medio de salvación.
Juan presentará varios testimonios fehacientes para demostrar que Jesús es el Hijo de Dios, Dios de Dios, el Salvador del mundo: (1) Juan el Bautista dio testimonio: “El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz” (3:33); (2) El Padre dio testimonio: “Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero” (5:31); (3) Las señales milagrosas dieron testimonio: “Más yo tengo mayor testimonio que el de Juan, porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” (5:36); (4) la mujer samaritana: “Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: me dijo todo lo que he hecho” (4:39); (5) el hombre que nació ciego: “Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (9:25); (6) las Escrituras dan testimonio: “Escudriñad las Escrituras; porque… ellas son las que dan testimonio de mí” (5:39); (7) Jesús mismo dio testimonio: “Yo soy el que doy testimonio de mí mismo” (8:18); (8) los judíos dieron testimonio: “Y daba testimonio la gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de los muertos” (12:17); (9) El Espíritu Santo da testimonio: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acera de mí” (15:26); (10) los discípulos dan testimonio: “Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio” (15:27); (11) Juan mismo, el autor del evangelio, da testimonio: “Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis” (19:35).
Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan”. Ahora, el testimonio inicial que nos presentará Juan, no es cualquier testimonio, pues, éste procede de un hombre que fue enviado por Dios. Es decir, de un profeta, y no de cualquier profeta, pues, Cristo dijo de este testimonio: “Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista” (Luc. 7:28). El que da este testimonio inicial no es Juan el apóstol, sino Juan el Bautista, aquí llamado solamente Juan, cuyo nombre significa “Jehová ha impartido gracia”[2]. Juan fue reconocido como un profeta que vino de Dios, no sólo por el mensaje de arrepentimiento que impartió, sino por la pureza de vida que le caracterizó. Él no obró milagros, pero tenía un mensaje contundente de arrepentimiento, acompañado de una vida santa: “Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados” (Luc. 3:3).
Juan nació de padres ya ancianos, los cuales no habían podido tener hijos, pero el Señor se le apareció a su padre Zacarías, cuando ministraba como sacerdote en el templo, y le dijo que había escuchado su oración, y su esposa quedaría embarazada. El nacimiento de Juan fue un milagro de Dios. Aún estando en el vientre de su madre fue lleno del Espíritu Santo y vivió su vida bajo el poder de Dios, alejado de los lujos y comodidades del mundo, vistiendo y comiendo con mucha humildad. Recibió un llamado especial de Dios para predicar el bautismo de arrepentimiento y la inminente venida de Cristo al mundo. Él fue comisionado y preparado por Dios para preparar el camino del Señor.
Juan el Bautista es el último profeta del Antiguo Testamento. Antes de su aparición en las tierras de Judea, por más de 400 años, el Dios silente no había enviado profecías al pueblo. Cuatro siglos de silencio profético presagiaban que vendría una gran profecía final, la cual se dio con Juan el Bautista. Él vino por testimonio, es decir, no como un testigo, sino como testimonio de lo que los profetas antiguo-testamentarios habían anunciado y esperado respecto a la gran promesa de Génesis 3:15, de que Dios enviaría a la simiente de la mujer para derrotar a Satanás y garantizar la salvación de los hombres. Juan el Bautista condensa la labor y mensaje de todos los profetas que Dios había enviado al pueblo desde el comienzo del mundo. Pedro confirma esto al declarar que la labor profética siempre tuvo como objetivo que todos creyeran en el Mesías-Redentor, él, hablando de Cristo, dijo: “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hch. 10:43).
La presencia del Bautista en las tierras de Judea, previo a la revelación pública del Mesías y como el último profeta del Antiguo Testamento, preparando el camino para que los judíos recibieran al Salvador, significaba que toda la profecía que Dios había dado durante la historia del pueblo de Dios no era más que una preparación para que el mundo recibiera al Verbo-Redentor. Juan el Bautista representa a todos los profetas y santos del Antiguo Testamento. Es como si en él se encarnaran todos los profetas, y cuando él hablaba, hablaba el Antiguo Testamento diciendo: Éste es Aquel que estábamos esperando para la redención de Israel. Éste es la simiente de la mujer, Éste es el Salvador de la humanidad. Acudan a él y crean en Él.
Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él”. La luz se refiere a Cristo, como ya lo aprendimos en los versos 4 y 5. Jesús es la luz del mundo que brilla para dar vida y salvación a todo el que cree en él; y Juan vino como testimonio de que Jesús es esa luz, y no hay otro más. “La luz es algo que testifica por sí misma. La Luz de Cristo no necesita el testimonio de ningún hombre, pero sí lo necesitan las tinieblas del mundo. Juan era como el vigilante de noche, que ronda las calles del lugar y proclama el despuntar del alba a los que tienen los ojos cerrados por el sueño[3].
Ahora, cuál era el propósito del testimonio de Juan el Bautista: “a fin de que todos creyesen por él”. Juan no era el objeto de la fe, los hombres no debían poner su mirada en él, sino en Aquel a quien él estaba señalando: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Los que dan testimonio no buscan que la mirada se enfoque en ellos, sino en aquello a lo cual apuntan. “La luz estaba resplandeciendo, y los hombres, ciegos a ella, no la veían (Jn. 1:26), cegados aún por el dios de este mundo (2 Cor. 4:4). Juan tuvo sus propios ojos abiertos de modo que vio, y contó lo que había visto. Esta es la misión de cada predicador de Cristo. Pero primero tiene que tener sus propios ojos abiertos”[4]. Juan podía dar un testimonio competente de lo que él mismo había oído, visto y experimentado; y su mensaje, acompañado del bautismo, tenía un solo fin: que todos los hombres creyeran en Jesús.
¿A qué se refiere el autor con la expresión “a fin de que todos creyesen en él”? Se pueden dar varias interpretaciones: que todos los hombres del mundo puedan creer, que los elegidos puedan creer. Realmente aquí no debe haber problemas de interpretación. La misión de un evangelista o predicador es anunciar el evangelio con el fin de que todos los que le escuchen acepten el evangelio, crean en Cristo y sean salvos. Nosotros no sabemos quiénes son los elegidos ni quiénes creerán, por lo tanto, debemos predicar el evangelio de tal manera y con tal fervor, como si todos los que nos escuchan fuesen elegidos para salvación: “que prediques la Palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2); “Pero Dios… ahora mando a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30); “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Cor. 5:20). El testimonio de Juan el Bautista respecto a Cristo, y el testimonio de todos los predicadores bíblicos, tiene como fin que la gente crea en él para salvación. ¡Bendita misión la que Dios nos ha dado! Que a través de torpes mortales Dios se plazca llamar a los hombres al arrepentimiento y la conversión.
No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz”. ¿Por qué Juan da esta aclaración? ¿Acaso no es obvio que Juan el Bautista no era más que un mero hombre enviado por Dios? Luego de más de 20 siglos es posible que nadie se sienta tentado a poner una confianza desmesurada en Juan, pero al principio no fue así. Recordemos que Juan el Bautista tenía sus propios discípulos, y éstos llevaron el mensaje de Juan por muchos lugares. Por ejemplo, en Éfeso encontramos a un predicador llamado Apolos, el cual era un discípulo de la escuela de Juan el Bautista: “Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan” (Hch. 18:25); otro ejemplo es un grupo de discípulos, también en Éfeso, los cuales solamente habían sido bautizados con el bautismo de Juan: “Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan” (Hch. 19:3). Al parecer, algunas personas que fueron llevadas al arrepentimiento por medio del ministerio de Juan pensaban que todo llegaba hasta allí, que debían quedarse sólo con Juan, y no miraron hacia Aquel a quien apuntaba su testimonio. Es por eso que Pablo tiene que decirles a estos discípulos del bautista: “Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en Aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo” (Hch. 19:4).
Juan el Bautista no era la luz, y él mismo testificó eso. En el verso 15 encontraremos al bautista diciendo: “Este es de quien yo decía: el que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo”. No hay dudas, Juan fue el profeta más grande, el hombre más grande nacido de mujer, una lumbrera, una estrella; pero él no era el Sol. Él brilló mucho y Dios bendijo su ministerio, mucho más de lo que uno piensa, pues, su mensaje fue llevado por sus discípulos a tierras muy lejanas; pero él no era el objeto de la fe, él sólo era un testigo de la Luz. Cuando en la noche vemos a la luna llena iluminar a la tierra, no debemos olvidar que esa luz no es de ella, es solo el reflejo de la fuente de la luz, el sol. Juan el Bautista y todos los predicadores del Evangelio no son más que testigos del Salvador. La fe, la confianza y la dependencia no pueden ser puestas en ningún medio, sino solo en Aquel de quien ellos hablan, es decir, en Cristo.
A pesar de que Juan mismo dijo que él no era el Cristo, que él era sólo un mensajero que estaba preparando el camino para la aparición pública del Mesías, muchos se quedaron con su mensaje, pero no siguieron al Salvador. Cuánto cuidado debemos tener los predicadores en instruir a la gente para que no pongan su mirada en nosotros. Esta tendencia sectaria de seguir a los hombres usados por Dios y convertirlos en algo parecido a Cristo no es nueva, ha estado siempre presente dentro del pueblo de Dios, pero es un mal en el cual los predicadores tenemos mucha responsabilidad, pues, amamos que los hombres nos admiren y sigan, cuando en vez de eso, siempre debemos estar afirmando: sólo soy un mensajero del Señor, solo soy un hombre redimido, miremos todos al Salvador.
Aplicaciones:
– Hoy hemos aprendido que Juan el Bautista fue el profeta más grande que ha pisado esta tierra. Fue una antorcha que alumbrada mostrando el camino del Señor, y Dios bendijo abundantemente su ministerio, pero “siempre que el evangelista habla del Bautista en términos muy elogiosos, muestra su interés por poner a Cristo en un lugar mucho más elevado. Juan era grande como el profeta del Altísimo, pero no era el Altísimo. Hemos de cuidarnos mucho, lo mismo de sobrevalorar a los ministros de Cristo que de infravalorarlos, no son nuestros señores, sino servidores por medio de los cuales hemos creído y somos edificados. Quienes usurpan el honor debido a Cristo, renuncian al honor de ser fieles siervos de Cristo. Juan era muy útil como testigo de la luz, aun cuando no era él la luz. Siempre son de gran provecho los ministros que saben brillar con la luz prestada del Señor”[5]. Amamos a los ministros fieles que nos predican el evangelio, pero amamos mucho más al Salvador.
– Los ministros cristianos “tienen la misión de dar testimonio de la verdad de Dios, y especialmente de la gran verdad de que Cristo es el único Salvador y la luz del mundo. A menos que un ministro cristiano dé un testimonio pleno de Cristo, no es fiel para hacer su trabajo. En la medida que testifica de Cristo, ha hecho su parte y recibirá su recompensa, aunque sus oyentes no crean su testimonio. El gran fin del testimonio del ministro es que, por medio de él, los hombres lleguen a creer[6].No hay un honor más grande que se le pueda dar a un ministro del evangelio, que por medio de su predicación muchos puedan creer en el Salvador.
– Quiera el Señor levantar a más profetas de la clase de Juan, no de esa clase de falsos profetas que se levantan hoy día diciendo que están llenos del Espíritu, pero no tienen el testimonio del Espíritu, ni dan testimonio de Cristo, ni hablan del arrepentimiento, ni declaran la Ley santa de Dios; los profetas verdaderos son de la misma estirpe de Juan; no aman los lujos ni la gloria mundana; no buscan que su nombre resplandezca, ni permiten que los hombres se sobrepasen en la estima hacia su ministerio. ¡Cuánto necesitamos que hoy día la iglesia y el mundo puedan ver estos humildes pero poderosos ministerios, centrados en Cristo y en Su gloria! Apreciado hermano que anhelas el ministerio, ¿cuáles son las motivaciones para ello? ¿Quieres que otros te escuchen y te vean? ¿Quieres recibir reconocimientos? ¿Amas los puestos de honor? Quiera Dios que en ti opere el mismo espíritu que obró en Juan el Bautista, llevándote a ser humilde en el servicio que rindes al Salvador.
– Ya hemos visto a los muchos testigos que Juan presenta para autenticar que Cristo es el Salvador del mundo, y así muchos puedan creer en él. Pero, además de los ministros, hay otro testigo, y ese eres tú. Tu testimonio de Cristo también es un instrumento para la conversión de muchos. El mismo mandato que Cristo le dio a los discípulos es para todos nosotros: “Como tú me enviaste al mundo, así yo os he enviado al mundo” (Juan 17:18).
Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (v. 9). Jesús es la luz verdadera, en contraste con: las falas luces que alumbraron antes que él, pero condujeron a los hombres, no hacia el puerto seguro, sino hacia los escollos, hacia el abismo y la destrucción. Sólo Jesús es la luz del mundo, como ya lo hemos estudiado en el prólogo. Nadie más puede ser la luz espiritual, nadie más puede mostrarnos al Padre; por lo tanto



[1]Philips, Richard. John. Volume I. Página 27 (Traducción libre por Julio C. Benítez).
[2]Henry, Matthew. Comentario Bíblico en un solo tomo. Página 1351
[3]Henry, Matthew. Comentario Bíblico en un solo tomo. Página 1351
[4]Robertson, A. T. Comentario al texto griego del Nuevo Testamento. Página 198
[5]Henry, Matthew. Comentario bíblico en un solo tomo. Página 1352
[6]Ryle, J. C. Meditaciones sobre los evangelios: Juan 1-6. Página 37-38

0 comentarios

Añadir comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WP2Social Auto Publish Powered By : XYZScripts.com