Un prólogo sublime: El Verbo en la eternidad. Juan 1:1-3

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Evangelio según San Juan
Un prólogo sublime. El Verbo: El Redentor en su eternidad
Juan 1:1-18
Introducción al Evangelio
Si quisiéramos conocer de manera adecuada y amplia un suceso, debemos indagar acerca del mismo a través de varios testigos o ángulos; pues, un solo testigo o una sola visión sólo te permitirá conocer el suceso de una manera parcial. Por ejemplo, si tú fueras periodista y fueras a dar un reporte sobre un accidente automovilístico, es posible que al entrevistar a algunos de los testigos presenciales encontrarás versiones como estas: el poste de luz cayó sobre el auto rojo e hirió a tres niños que iban en la parte trasera del mismo (este testigo fue más impactado por las heridas de los tres niños y solo vio cuando el poste cayó sobre el auto rojo); pero es posible que otro testigo te diga: un auto azul venía por la vía a gran velocidad y se estrelló de una manera brutal contra un poste haciendo que este cayera (él fue impactado por la fuerza del auto azul que se dio contra el poste); pero es posible que otro testigo diga: el auto azul venía a una velocidad alta, pero dentro de los límites permitidos, de pronto un perro salió de la nada en medio de la vía, y el conductor del auto azul se desvió hacia el andén con el fin de no hacerle daño, contando con tan mala suerte que no vio el poste que estaba allí y se estrelló contra él haciendo que cayera sobre un auto rojo (este testigo fue impactado por la noble acción del conductor del auto que no quiso atropellar al perro).
Todos los testigos están diciendo la verdad, pero están dando el enfoque desde el cual lo vieron, o quieren enfatizar algo particular que los impactó. Lo mismo sucede con la historia de la persona más importante que ha pisado el planeta: Jesús de Nazaret. El Espíritu Santo quiso usar la perspectiva de 4 testigos presenciales para darnos un retrato amplio y completo de Jesús, de su obra, de su mensaje y de su vida. Mateo, Marcos y Lucas nos dan, aunque contando casi las mismas historias y parábolas (por eso se les llama los evangelios sinópticos), retratos distintos de Cristo: Mateo quiere mostrarle a los judíos que en Jesús se cumplieron todas las profecías del Antiguo Testamento respecto al Mesías; Marcos desea mostrar a sus lectores que Jesús es el Siervo sufriente profetizado en el Antiguo Testamento, él no vino como el Rey que juzga, sino como el siervo de la humanidad que viene a dar su vida en rescate por ella; Lucas, quiere mostrar por medio de su evangelio la humanidad de Jesús, él es el Hijo del Hombre, no es un ser etéreo ajeno a la realidad humana, él vivió en una época específica y es un ser histórico; y Juan, un libro cuyo 90% del contenido es exclusivo, quiere mostrar por medio de su Evangelio que Jesús no es sólo un buen o gran hombre que puede hacer milagros, sino que éstos tienen la función de demostrar que él es divino, él es de la misma esencia del Padre; es una persona distinta al Padre, pero es de la misma esencia eterna; por lo tanto, Jesús no es sólo el salvador de la humanidad porque es el Mesías prometido, o porque es el hombre perfecto, o porque es el siervo que da su vida por los hombres; sino porque solamente él puede redimir eternamente a la humanidad, ya que él es el Dios eterno hecho carne. En el capítulo 20 versos 30 al 31 Juan nos presenta el propósito por el cual escribió su evangelio: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”.
El evangelio de Juan ha sido considerado como uno de los libros más hermosos que se hayan escrito en todo el mundo. El estilo del libro ha sido comparado con una bañera en la cual un bebé puede bañarse sin ahogarse, pues, es sencillo y fácil de entender; pero a la vez es tan profundo e inagotable como un lago donde un elefante  puede nadar y sumergirse en él. Juan, el anciano apóstol del amor, escribe este evangelio, inspirado por el Espíritu Santo, con tanta ternura y cuidado, que ha sido el libro de la Biblia más usado para ganar almas para Cristo. Millones de Evangelios de Juan se han distribuido por el mundo en la mayoría de las lenguas conocidas.
Aunque el libro mismo no dice quién es su autor, la Iglesia no ha tenido duda que fue Juan, el hijo de Zebedeo, a quien Jesús amaba y quien se recostó en su pecho en la última cena. Este Juan, quien era hijo del trueno, pero luego fue convertido en el apóstol del amor, escribió este evangelio en el cual se retratan aspectos tan íntimos de Cristo como su llanto frente a la tumba de Lázaro.
Abordemos con total compromiso el estudio de este Evangelio, en el cual encontraremos una manifestación abundante y excelsa, no sólo de la Divinidad de nuestro Redentor, sino de su amor, de su gracia y compasión para con aquellos que creen en él.
El prólogo: Juan 1:1-18: La gloria del Hijo – el Verbo de Dios
El prólogo del Evangelio de Juan es una poética introducción que adelanta los grandes temas que su autor desarrollará para beneficio de los lectores. El corazón pastoral del autor se evidenciará en el trato tierno del tema principal de su libro, procurando conducir a sus lectores a una comprensión progresiva y contundente de la gloriosa verdad de que Jesús no sólo es el Mesías esperado por los judíos, sino que él es realmente el Dios eterno. Pero la doctrina del Mesías-Dios o del Hombre-Dios no era fácil de entender por el judaísmo y mucho menos por la filosofía griega. Por tal razón, el anciano apóstol, toma siete milagros de Cristo y algunos discursos centrales del Salvador para mostrar evidencias teológicas y prácticas de que Jesús es el Hijo de Dios, de la misma esencia del Padre. El evangelio es un canto en crescendo de la Divinidad de Cristo, el cual empieza con notas triunfales tomadas de la eternidad, luego baja a la encarnación y entonces sí empieza el camino ascendente hacia una demostración contundente del Salvador-Divino-Humanado.
Los versículos 1 al 18 han sido denominados por los comentaristas bíblicos como “El prólogo”, es decir, una introducción al contenido del libro. Juan inicia su evangelio de una manera distinta a los otros tres; pues, él presenta a Cristo ya adulto; no obstante, en el prólogo Juan va más allá de los otros tres evangelios y presenta a Jesús antes de su nacimiento, en la eternidad con el Padre, creando los mundos y llenándolo de luz y vida. Mateo y Lucas presentan la genealogía humana de Cristo, pero en Juan esto no tendría lugar, pues, su énfasis es mostrar la divinidad y eternidad del Hijo de Dios; el Mesías no tiene genealogía en su calidad de Hijo, pues, él es eterno, sin principio, Dios de Dios.
Por esta razón, y con el fin de comprender mejor el contenido del prólogo, lo dividiremos para su estudio así:
1. La gloria del Verbo en el principio. v. 1-2
2. La gloria del Verbo en la creación. V. 3
3. La gloria del Verbo como vida y luz. V. 4-5
4. La gloria del Verbo testificada. V. 6-13
5. La gloria del Verbo en la encarnación. V. 14-18
1. La gloria del Verbo en el principio. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios”. (v. 1-2).
La expresión “en el principio” es parecida a Génesis 1:1 donde Moisés, inspirado por el Espíritu Santo, presenta a Dios, quien es desde la eternidad, iniciando todas las cosas: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra”. Juan, al usar esta frase al comienzo de su evangelio quiere conectar al Verbo en la eternidad con Dios, Dios y el Verbo estaban antes de la creación del tiempo, antes de la creación de lo espiritual o lo material; por lo tanto, esa persona a la cual Juan presentará en Su evangelio, a quien llama “el Verbo”, tiene la particularidad de que, aunque fue introducido en el tiempo y el espacio, naciendo de mujer; él mismo no tiene principio, sino que comparte con Dios el Creador la característica de la eternidad.
La expresión en el principio o antes de la creación significa desde la eternidad: “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” (Sal. 90:1-2). En la creación Dios hizo todas las cosas, espirituales o materiales, y antes de la creación no hubo otra creación. La creación es el inicio de todo lo que existe, sea espiritual o material, y si el Verbo compartía con Dios la existencia antes de la creación, entonces, antes de ella lo que había era la eternidad; por lo tanto, el Verbo y Dios el Padre son eternos. El Verbo es increado. No es la primera creación de Dios como algunos herejes propusieron ya desde los primeros siglos del cristianismo. Antes de la creación, antes del principio, solo existía la eternidad, y el único ser eterno es Dios, por lo tanto, si el Verbo es Eterno, él también es Dios; pero no otro Dios, sino el mismo Dios. “El mundo existe desde el principio, pero el Verbo ya existía enel principio, antes de que el mundo comenzara a existir. El que era en el principio no comenzó con el principio y, por tanto, existió siempre”[1].
Además de los más usados títulos o nombres que se le dan a Jesús en el Nuevo Testamento, como: Cristo, Señor, Hijo de Dios, Hijo del Hombre; Juan le asigna el título de Logos, el cual es traducido en las versiones en español como Verbo y en inglés, Palabra. Este título se encuentra sólo en los libros escritos por el apóstol Juan: Juan 1:1, 14; 1 Jn. 1:1 y Ap. 19:13. Aunque el concepto de Logoses muy común en la filosofía griega, no hay razones para pensar que Juan tomó el concepto de allí; más bien, Juan, un judío, recibe este concepto del Antiguo Testamento, y toma la palabra de la Septuaginta, la versión griega de la Biblia. Logos significa verbo, sabiduría o conocimiento. Jesús es presentado como el Verbo o la sabiduría de Dios. Él “expresa o refleja la mente de Dios; y también revela lo que es Dios al hombre (1:18; cf. Mt. 11:27; He. 1:3)”[2]. Jesús es el Verbo de Dios porque él “es la Fuente de toda sabiduría, y quien da el ser, la vida, la luz, el conocimiento y la razón a todos los hombres; que es el gran Manantial de revelación que ha manifestado a Dios ante la humanidad; que habló por los profetas, “pues el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía,” Ap. 19:10; “el que sacó a luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio”, II Ti. 1:10, y el que manifestó completamente los profundos misterios que por la eternidad estaban ocultos en el seno del Dios invisible, Jn. 1:18”[3].
Sólo Jesús puede ser llamado el Logos o la Palabra de Dios porque “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Heb. 11:1). “Cristo nos ha declarado la mente del Padre con respecto a nosotros, de la misma manera que la palabra o el discurso de un hombre nos dan a conocer sus pensamientos. Sólo Cristo podía declararnos con toda precisión, exactitud y profundidad la mente de Dios, porque: (A) sólo Él conoce exhaustivamente al Padre (v. Mt. 11:27); (B) En todo lo que hacía y decía, Cristo era “Dios manifestado en carne” (1 Ti. 3:16), la Palabra de Dios encarnada (v. 14), es decir, la traducción más exacta posible de Dios al lenguaje humano, de tal modo que quien ve a Jesús, ha visto al Padre (14:9). Juan el Bautista era una voz, pero Cristo es el Verbo[4].
Por la Palabra de Jehová fueron hechos los cielos” (Sal. 33:6), es decir, por medio del Logos o de la Sabiduría. En el Antiguo Testamento al Logos se le trata como a una persona eterna que habita con Dios: “Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra. Antes de los abismos fui engendrada…, Cuando formabas los cielos allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo…, Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Prov. 8:22-30). Jesús es el Logos de Dios, porque él habita desde la eternidad con él.
En los primeros dos versículos, hablando de la relación del Verbo con Dios, Juan usa cuatro veces el verbo “era”. “Era con Dios” significa literalmente: cara a cara, es decir, antes de la creación de todas las cosas, en el principio, el Verbo estaba en la más íntima relación con Dios, cara a cara. “Este gozo original se había imprimido tan profundamente en el Logos que nunca se borró de su conciencia, como se evidencia en su oración sacerdotal: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese (Juan 17:5)”[5].
El verbo… era Dios”. Esta es una de las declaraciones más poderosas de la divinidad de Cristo en todas las Escrituras. En el griego la expresión es muy contundente: “Kai Theos en ó Logos”, textualmente, “Y Dios era el Verbo”, aunque es más apropiado traducirlo “El verbo era Dios”, es decir, lo que Dios era en la eternidad, también lo era el Logos. No hay dudas sobre este tema, cualquiera que rechace la divinidad de Cristo lo hará en contra de la Biblia, la Palabra de Dios. Tenemos a un Redentor que es Dios encarnado, adquiriendo una salvación eterna, como él mismo es eterno, para todos los que creen en Él.
Este era en el principio con Dios”. Y aquí Juan no da lugar a la doctrina modalista, monarquianista o sabelianista; en la cual creen que Dios es una sola persona que se manifiesta de distintas maneras en la historia de la redención; Juan declara que esto es falsedad; pues, aunque Dios es uno, en la divinidad eterna subsisten varias personas. Aunque Dios es el Logos, el Logos estaba cara a cara con Dios en la eternidad, lo cual significa que Dios el Padre y el Hijo-Logos son personas distintas, pero unidas en la misma sustancia divina. En el principio, el Hijo-Logos y el Padre se deleitaban perfectamente en la íntima relación de la divinidad. Un eterno amor ha bañado la relación de las tres personas divinas. Y en esa relación íntima de amor perfecto se concertó la reconciliación entre Dios y los hombres, por medio de la muerte de Jesucristo. Eterna redención entonces será el resultado de esa eterna decisión. El pacto entre Dios y el Hijo es eterno para dar una salvación y seguridad eterna.
Este era en el principio con Dios”. El Logos no era sólo una idea o un pensamiento de Dios, sino que era una verdadera persona. Siendo Dios, el Logos, Jesús, es digno de adoración. Por eso Juan presentará varias veces a algunas personas rindiéndole adoración a Jesús: El ciego de nacimiento que fue sanado por Cristo, cuando comprendió quién era él le dijo: “Creo, Señor; y le adoró” (Juan 9:38); y en Juan 20:28 “Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío!”. Si Jesús no fuera Dios, como algunas sectas han proclamado, sino un ángel creado, entonces no hubiera aceptado que los hombres le rindieran adoración; pues, los ángeles mismos no la reciben: “Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo. Adora a Dios” (Ap. 22:8-9).
Aplicaciones:
En Juan capítulo 1 hemos aprendido que Jesús es el Logos o la Palabra de Dios. Hemos visto que el Hijo de Dios revela al Padre de manera perfecta. Esto nos habla del amor de Dios, quien decide tomar la iniciativa de revelarse a sí mismo y darse a conocer a los hombres. Y si Dios ha decidido revelarse en el Hijo, el Logos, como un acto de su bondad, entonces sería un acto de profunda ingratitud y malignidad si nosotros despreciamos esa revelación no conociéndola, no haciendo los más ingentes esfuerzos para comprenderla y aceptarla. Si queremos conocer a Dios, debemos conocer al Hijo. Por lo tanto, todo creyente encontrará gran gozo y plenitud al estudiar y conocer la persona de Cristo; y conociéndole a él somos transformados en la imagen de Dios.
También aprendidos una verdad teológica profunda y misteriosa: Dios es uno, pero en su substancia existe en distintas personas co-eternas y co-iguales. Esto no lo podemos comprender con nuestras mentes finitas, pero es nuestro deber aceptarlo por fe. No tratemos de descifrar lo que no nos ha sido revelado al respecto, porque esta verdad supera nuestra comprensión. Seremos altamente bendecidos si nos conformamos con la información que nos da la Biblia: Jehová es uno, el Logos es Jehová, pero a la misma vez distinto a él como persona. Dios es uno, pero en su substancia existen tres personas. Si no creemos esta verdad no podemos ser salvos, pues, el Redentor es Cristo Jesús, el Logos que es Dios y es con Dios. Debemos aceptar estas dos verdades.
Si el Redentor de la humanidad tenía que ser eterno y de la misma naturaleza infinita de Dios, entonces la gravedad y dimensión de nuestro pecado tenían que ser muy grandes. Solo un terrible problema necesitará de los recursos más altos para su solución. Cuando leemos los primeros 2 versículos de Juan 1 comprendemos que nuestro problema espiritual, nuestra rebeldía y nuestra condenación superaban toda comprensión de nuestra parte. Jesús es el Logos eterno que vino para salvarnos de una condenación eterna, ocasionada por un pecado abominable que ofendió gravemente la santidad del Dios inconmensurable. Alabemos al Señor por esta redención tan alta que preparó para nuestro bien y Su gloria. “La correcta medida de la gravedad del pecado es la dignidad de Aquel que vino al mundo a salvar a los pecadores. ¡Si Cristo es tan magnífico, entonces el pecado ha de ser sin duda algo muy grave!”[6].
No importa los pecados que hayas cometido, ni la profundidad de tus maldades o tu culpa; es verdad que estás bajo la ira de Dios y mereces el infierno eterno, pero el Logos, aquel que era Dios y estaba con Dios, decidió bajar humildemente a esta tierra para dar su vida en rescate del pecador. Si tú estás convencido que eres un gran pecador, entonces debes venir en arrepentimiento ante el Gran Redentor. Si tus pecados son grandes, la eficacia de su sangre derramada es más grande para perdonarte y justificarte ante el Padre.



[1]Henry, Matthew. Comentario Bíblico Completo. Pág. 1351
[2] Hendriksen, William. Juan. Página 74
[3]Clarke, Adam. Comentario de la Santa Biblia. Tomo III. Página 158
[4]Henry, Matthew. Comentario Bíblico completo. Página 1351
[5]Hendriksen, William. Juan. Página 75
[6]Ryle, J. C. Meditaciones sobre los Evangelios. Juan 1-6. Página 26

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